Sicario ★★★★★

Noviembre 08, 2015

Crítica de la película Sicario

Una de las mejores del año. El director de Prisioneros vuelve a dar en el blanco.

Denis Villeneuve tiene pillado el punto perfectamente al cine de género y cómo convertirlo en un ejercicio pleno de autoría sometiéndolo a sus propios intereses y sin perder por ello ni un ápice de su gancho comercial. Sicario vuelve a demostrar que Villeneuve un director al que hay que tener en cuenta entre los narradores más interesantes del cine de nuestros días, algo que ya había quedado bastante claro con sus anteriores trabajos, todos ellos recomendables: Incendies, Enemy, Prisioneros. Tres títulos para apuntar entre las mejores propuestas que nos han llegado desde la pantalla grande en los últimos tiempos, a los que ahora hay que añadir sin duda a Sicario.

Villeneuve arranca Sicario con una escena dantesca, un descenso al infierno de la protagonista,  y casi sin dejarnos tiempo para acomodarnos a la trama, estamos junto a ella metidos hasta el fondo en una operación poco clara de unas oscuras autoridades estadounidenses para imponer la venganza contra un cartel mejicano de la droga en la que están implicados varios servicios de seguridad a ambos lados de la frontera de Estados Unidos con Méjico, y de Méjico con Estados Unidos, porque como no podía ser de otro modo, tratándose de Vileneuve, esquiva el maniqueísmo sobre el tema que aborda abriendo hueco en su relato, de manera sutil y sin subrayarlo en exceso, con una serie de secuencias en la vida de un policía mejicano normal y corriente, al que nos desvela astutamente desde la mirada de su hijo, que sólo ve a su padre en un entorno cotidiano, aunque luego el padre tenga un papel en la parte final del drama policial, que de ese modo se filtra en la vida de esa familia, imponiéndose como desenlace de la historia esa influencia letal en la vida cotidiana de la gente de Méjico de la lucha contra la droga emprendida desde el otro lado de la frontera y de los enfrentamientos entre los distintos carteles de narcotraficantes mejicanos. Eso le permite a Villeneuve tratar su historia policial como una película bélica que se cobra un peaje cotidiano en las vidas de la gente común, manteniendo algo que se repite en todas sus películas. Sin importar el género que aborde, en el cine de este director lo cotidiano y lo intimista se impone siempre a los tópicos y fórmulas de dicho género para convertirse en algo más personal e íntimo a la hora de comunicarse con el espectador.

El tratamiento que hace Villeneuve del personaje interpretado por Emily Blunt en esta película es buen ejemplo de esto. La agente Kate Macer que interpreta Blunt en Sicario es una variante más del viaje de iniciación y cambio que afrontan todos los personajes del director, aunque quizá el personaje con el que se relaciona más estrechamente por las propias características de la historia es el detective Loki interpretado por Jake Gyllenhaal en Prisioneros. Como éste, ella también se ve enfrentada a otro personaje que está igualmente en evolución y cuyo recorrido va a terminar por revelarle como un monstruo. En Prisioneros era el personaje interpretado por Hugh Jackman mientras que en esta ocasión se trata del personaje al que da vida Benicio Del Toro. La revelación del rostro del mal sobre la máscara de la venganza o la justicia se cumple en ambos casos plenamente imponiendo las aristas más inquietantes derivadas de la fragilidad de nuestros principios en el momento en que son sometidos a circunstancias de tensión. Villeneuve se interesa por esa eclosión del monstruo desde nuestro interior y siempre pone al espectador en una ambigua relación de simpatía/rechazo por esos personajes, convirtiendo a su protagonista, Loki o Kate, y por extensión al propio espectador, en testigos hipnotizados, seducidos y al mismo tiempo hipnotizados por el surgimiento del monstruo. Nos encontramos como espectadores sometidos a esa tensión entre la simpatía y la antipatía por los personajes de Jackman y Del Toro. De manera que al final del relato estamos tan vapuleados emocional y éticamente como los propios testigos/protagonistas frente al monstruo, con el que, en contra de nuestros escrúpulos morales, seguimos simpatizando de algún modo retorcido y siniestro.

Para añadir más interés a todo ese juego que sitúa la claves de protagonismo y antagonismo a un nuevo nivel mucho más interesante del que suele utilizarse en las aplicaciones más tópicas y pegadas a la fórmula de los géneros, Villeneuve aborda la narración de la compleja trama de Sicario desde una estructura de mirada coral que nos llega desde distintos personajes. Es una constante temática del director tanto como una preocupación narrativa recurrente en sus películas que acaba por imponerse también en la caligrafía visual de las mismas.  De ese modo Sicario puede tener algunos puntos de contacto con las novelas sobre la guerra contra las drogas escritas por Don Winslow, El poder del perro y las demás. Y naturalmente nos recuerda también algunos planteamientos de la película Traffic (2000), de Steven Soderbergh y de la miniserie Traffic (2004), derivada de la misma. Pero Villeneuve impone su propia firma a todo el relato, trabajando desde unos planteamientos de tensión y vulnerabilidad en las relaciones y conflictos que unen a los tres personajes principales, interpretados por Emily Blunt, Benicio Del Toro y Josh Brolin, sobre una estructura argumental más alejada de esos puntos de contacto desde la temática más obvios para permitirnos pensar en el personaje de Blunt y en la propia película como variantes del personaje de Jodie Foster en El silencio de los corderos (1991), de Jonathan Demme.  

Por otra parte el interés de Villeneuve por tratar de manera cercana e intimista y costumbrista las peripecias de sus personajes no le impide imponerse con solvencia y eficacia en las secuencias de acción, como demuestra el paso de la frontera en ambos sentidos y el ataque en el atasco, que me han recordado el excelente pulso que imprimiera Michael Mann a la secuencia de atraco de la que para mí sigue siendo su mejor película, Heat (1995).

Hay otra cosa que me ha llamado la atención en lo referido a cómo mostrar o no mostrar la violencia, aspecto en el que Villeneuve es muy cuidadoso y trabaja bien la dosificación para dejar al espectador un papel de co-autor de la parte más inquietante de sus películas y que también aparece en Sicario. El director tiene muy claro lo que quiere mostrar y lo que no quiere mostrar en su película, es decir, aquello que prefiere que el espectador imagine. Esto es algo que también destacaba especialmente en Prisioneros. Por ejemplo, al contrario de lo que hiciera Kathryn Bigelow en La noche más oscura, elige hacer elipsis sobre la tortura del confidente, que deja abierta a la imaginación del público con elegancia materializando el comienzo de la misma con el botellón de agua que arrastra Del Toro hasta la sala de interrogatorio y su ominosa frase: “Ahorita vas a ver lo que es como ver a Dios en tierra yanqui”.

Sicario consigue mantenernos en tensión desde ese primer asalto inicial hasta sus último plano, como en tensión están esas familias mejicanas que llevan a sus hijos a jugar al fútbol en una zona en guerra, rodeados por la violencia. Y es que una vez más se demuestra que el cine de Villeneuve es un cine que nos habla de las distintas manera en que vemos y nos inventamos la realidad, sumergiéndonos de lleno en las tramas que viven sus personajes, como nos zambullimos, en primera persona, en ese viaje por el laberinto de los túneles que comunican Estados Unidos y Méjico en la parte final de la película.

Miguel Juan Payán

COMENTA CON TU CUENTA DE FACEBOOK

©accioncine

Crítica de la película Anacleto, agente secreto

Divertida y sólida recuperación y adaptación de un clásico del cómic español.

El cómic español tiene mucho que ofrecer como fuente de inspiración para el cine y Anacleto, agente secreto, es buena prueba de ello. Nos propone la película una visión del personaje que respeta la mezcla de costumbrismo y disparate que se daba en las viñetas del cómic original, pero no se queda ahí y aporta algo más, en realidad mucho más, sobre todo a través del trabajo de sus actores, que se configuran como grupo de protagonismo coral en un ejercicio que forzosamente ha de recordarnos una de las mejores bazas de nuestro cine de comedia clásico: los secundarios elevados a categoría de protagonistas. Es el reparto, nunca mejor dicho, lo que resuelve y da brillo a los mejores momentos de este largometraje que capitanean con eficacia en lo referido a actores Imanol Arias y Quim Gutiérrez, pero en el que algunas de las mejores perlas cómicas pueden llegar a través de Alexandra Jiménez ejerciendo como la reticente ex novia y su singular familia, donde Rossy de Palma y sobre todo Berto Romero representan la mejor manera de traducir al cine los singulares personajes imaginados para la viñeta por el gran Vázquez. Hay incluso un momento para el guiño  a modo de cameo de otras dos fieras del humor de nuestros días, Jose Corbacho y Andreu Buenafuente, que parece puesto ahí para demostrar que lo bueno, si breve, dos veces bueno. También me convence la manera en la que han enfocado el personaje de Anacleto en su materialización como Imano Arias. De hecho, encuentro difícil imaginar a otro actor u otro registro para ese personaje. Arias, tal como está enla película, era el mejor Anacleto posible para el cine. Pero, claro, en su fase de personaje más serio que el de las viñetas, necesitaba tener un complemento más humorístico y cercano a las generaciones de espectadores más jóvenes que no han conocido al Anacleto desde las viñetas cuando eran niños. Los más veteranos, por decirlo de algún modo, nos hemos reencontrado con una visión de Anacleto a través de Arias que resulta entrañable por ese intento de mitificación por la vía del disparate. Pero además el personaje de Adolfo interpretado por Quim Gutiérrez es un complemento humorístico muy sólido para el personaje que da título a la película. Esta es la parte que me convence de Anacleto, agente secreto, una comedia española más que digna, eficaz.

En la parte que menos me convence creo que todo se explica por la clave de interpretación del personaje de antagonista que ejerce el personaje de Vázquez. Nos hemos acostumbrado a que Carlos Areces sorprenda con cualquiera de sus trabajos, por sencillos o tópicos que sean los personajes que le toca interpretar, a los que habitualmente les da esa otra vuelta de tuerca, esa velocidad extra de comedia que los completan. Y quizá por eso esperaba más del Vázquez de Carlos Areces. En realidad el personaje cumple su función, pero echo en falta esa otra velocidad extra, ese aporte suplementario al tópico del antagonista que aquí habría venido bien a este Vázquez construido con una clave demasiado seria para mantener el tono disparatado del resto, y por ese camino es por donde veo que la película se coarta a sí misma intentando ser al mismo tiempo una comedia costumbrista a caballo de un saludable absurdo, estilo Mortaledo y Filemón, y un vehículo de acción, muy bien planteado, eso sí, irreprochable en su desarrollo de los tiroteos, peleas y demás. Lo que ocurre es que esos tiroteos, esas peleas y demás acaban chocando con el disparate, y dan lugar a un efecto raro, sobre todo cuando al final entramos en un imprevisto desenlace dramático que despista un poco en cuanto al tono de la película. Por decirlo más claro: el Vázquez que nos presentan es mucho más tópico porque renuncia a ser más disparatado para ser más sólido como antagonista de una comedia de acción que debería haber sido sobre todo sólo comedia gamberra. No en vano el propio creador del personaje de Anacleto en las viñetas afirmaba que su inspiración había sido más el Superagente 86 creado por Mel Brooks que 007. Un Areces más gamberro e incontrolable podría haber hecho un gran Vázquez sin afectar lo más mínimo al empaque de socarrón cachondeo crepuscular que le ha regalado Imanol Arias al personaje de Anacleto.

Miguel Juan Payán

COMENTA CON TU CUENTA DE FACEBOOK

©accioncine

Crítica de la película Interstellar de Christopher Nolan

Interstellar: Obra maestra. Lo mejor que ha hecho Nolan en su carrera. Brillante.

En mi opinión, Interstellar supera todo lo que hemos visto de Nolan hasta el momento. Y con eso ya lo digo todo. ¿Por qué? Se lo explico: cuestión de sentimientos, emociones, lirismo, filosofía, especulación… Y un largo etcétera que, como la nave en la que se desplazan los protagonistas, gira en torno a la madurez. Lo que ha hecho Nolan con el género de ciencia ficción en esta película no lo hacía nadie desde que Stanley Kubrick rodó 2001 (1968) y Andrei Tarkovski estrenó Solaris (1972). Lo que ocurre es que, seamos sinceros, 2001 y Solaris no son películas fáciles de ver, sino excelentes pero muy complejos ejercicios de reflexión filosófica que suelen desanimar a buena parte de los espectadores. Interstellar es todo lo contrario: un notable ejercicio de reflexión, como las dos películas citadas, pero al mismo tiempo un brillante, trepidante, emotivo, entrañable y absolutamente imprevisible viaje a la aventura en el que el guionista y el director no dejan que nos separemos de lo que ocurre en la pantalla ni un segundo. Trabajando con un guión en el que vuelve a brillar el talento de Jonathan y Christopher Nolan para trabajar elementos de distintas mitologías y referencias múltiples tanto cinematográficas como literarias, los artífices de Interstellar han creado la película de ciencia ficción perfecta, forjada en una aleación salida de un crisol donde se mezcla la ciencia, la fantasía, la ficción, el amor y las aventuras en las dosis correctas. Los aficionados a la literatura de ciencia ficción sabrán advertir sin duda el íntimo parentesco que tiene esta aproximación al género con uno de los clásicos literarios esenciales del mismo: Crónicas marcianas, de Ray Bradbury. De hecho es muy significativo que Interstellar se sitúe más cerca de Bradbury que de Arthur C. Clarke, inspirador literario de 2001, porque el secreto de su excelente manejo del cine de ciencia ficción radica precisamente en las mismas claves de tratamiento con los conflictos y personajes que siempre manejó Bradbury, quien como los Nolan en esta película hacía algo tan sencillo y al mismo tiempo tan mágico y grande como simplemente contar historias de la gente, por mucho que al mismo tiempo estuviera hablando de salir al espacio exterior y terraformar un planeta. Los cuentos que constituyen Crónicas marcianas son buena prueba de ello. Y si después de ver Interstellar se quedan con ganas de leer buena literatura de ciencia ficción les recomiendo que empiecen por ellos, y no duden que verán rápidamente la similitud en su tono  planteamientos narrativos. En esa línea, Interstellar destaca por ser al mismo tiempo una historia de exploración espaciotemporal que sin embargo no se aparta ni un milímetro de la exploración de nuestros sentimientos y emociones. Así evita ser sólo otra space opera más y se convierte en una obra maestra que además se ajusta a las claves, intereses y preocupaciones esenciales de Nolan como autor. Dicho sea de paso, todos los resortes y pistas que anticipé en el artículo que publiqué en el último número de la revista Acción están presentes también en esta película. Allí hablé del papel de la mentira en el cine de Nolan como uno de sus aspectos más destacados, y ciertamente la mentira tiene un protagonismo muy destacado en Interstellar, así que les recomiendo echarle un vistazo a ese artículo de la edición en papel de Acción si quieren completar claves y pistas sobre Interstellar.

Pero lo más brillante de esta propuesta no está en su naturaleza y eficacia como aventura de ciencia ficción, sino en el verdadero corazón de la misma, que no es otro que su historia de amor. La historia de amor era ya el epicentro, la verdadera alma de Origen, pero en Interstellar es mucho más potente. De hecho como refleja uno de los diálogos de Anne Hathaway, es una fuerza capaz de saltarse todos los límites y trabas del espacio, el tiempo y cualquier otra dimensión que se nos pueda ocurrir. Además en esta ocasión no hay una, sino varias historias de amor, entre las cuales la más potente es la de ese padre por sus hijos, sobre todo por su hija, que arranca la trama señalando el camino emocional del resto de la historia. Y, amigos, cualquiera que sea padre sabe que el amor de un padre o una madre por sus hijos supera cualquier otra cosa. En Origen era la historia de amor por la esposa, aunque los hijos también estuvieran implicados en la trama, sin ser el epicentro, al contrario que en Interstellar. Multipliquen por cien ese sentimiento y tendrán una idea aproximada, sólo aproximada, de lo que es capaz de hacer un padre por sus hijos. Como ven, nada de esto tiene que ver con la ciencia ficción. Sin embargo sí tiene que ver con la gente. De hecho, el protagonista realiza su acto más heroico en ese primer paso de la trama, en la despedida. Ese será su máximo sacrificio, que nos es imposible no compartir emocionalmente. Interesante cómo la amenaza se manifiesta allí donde no existe vínculo emocional.

Otro aspecto en el que los Nolan han mejorado su propuesta en Interstellar frente a la ya de por sí muy notable Origen es en la perfecta sinergia entre las escenas de acción y esa trama emocional. En Interstellar ambas cosas encajan perfectamente y contribuyen a alimentarse una de otra con una fluidez mucho más afinada que la de las secuencias de acción con el romance de Origen. Buena prueba de ello es la acción en paralelo que Nolan desarrolla aproximadamente a las dos horas de película vinculando lo que ocurre en la Tierra con lo que les ocurre a los exploradores, o lo que es lo mismo, la peripecia de la hija y el padre, que se desarrolla además con un acompañamiento musical perfecto y tan brillante como el de las imágenes que en mi opinión lleva un punto más allá la sinergia entre lo visual y lo musical en el cine de lo que lo llevaron las colaboraciones entre John Williams y Steven Spielberg. Por cierto, los primeros compases del relato en la granja, con el padre, el abuelo, los hijos, son muy Spielberg, pero también mejoran mucho el tipo de propuestas que nos suele hacer Spielberg en sus películas.

Siguiendo con la música, esencial contribución de Hans Zimmer a la película, les pido que reparen también no sólo en el uso que hace Nolan de la música, sino también del silencio. El director ha conseguido que en el espacio exterior un silencio se convierta en algo mucho más espectacular que cualquier ruido, estallido o parafernalia acústica que hayamos visto en cualquier otra película de ciencia ficción.

Otro detalle a tener en cuenta: el sentido del humor, cuidadosamente dosificado, y astutamente repartido. La trama que se presenta es eminentemente dramática, pero el diálogo ha encontrado una vía sutil para desarrollar el humor en un recurso que sin duda habría satisfecho a otro de los grandes literatos de la ciencia ficción, que entra así en el cuadro de fuentes de inspiración de la película, Isaac Asimov.

Además el reparto está perfecto, en una composición clavada de los personajes, pero teniendo en cuenta la calidad que hay reclutada en el mismo es casi una obviedad. Como obvio es decir que Matthew McConaughey pone otro brillante trabajo en su filmografía, aunque en mi opinión debería haber más de un nominado al Oscar en este reparto y en el equipo técnico de la película.

Lo que sigue recomiendo leerlo después de ver la película.

Presumo que los furiosos antinolanistas, virtuosos de negarle el pan y la sal a este brillante director por los caminos más pedestres que uno pueda imaginar, podrían criticar esta película pretextando que han sabido ver de qué va el tema del fantasma desde el principio. Para ellos y para todos los lectores va esta aclaración por la vía de las teorías de argumentos universales: este es un viaje de Jasón convirtiéndose en Ulises, así que lo importante no es llegar, sino lo que se aprende durante el viaje. El propio Nolan siembra pistas de sobra para que quede clara la intriga del fantasma antes de que emprendamos con Cooper el viaje. La clave no es saber a dónde vamos a llegar, sino cómo vamos a llegar hasta allí, y lo que aprenderemos en el camino. Por eso el viaje de Interstellar es eminentemente emocional.

Feliz viaje.

Miguel Juan Payán

" data-width="466">

COMENTA CON TU CUENTA DE FACEBOOK

©accioncine

Crítica de la película Asesinos de élite

Potente propuesta de cine de acción e intriga con sabor a cine de los setenta y secuencias espectaculares. Asesinos de élite es cita ineludible para los que seguimos pensando que el cine trepidante tiene un sitio entre los títulos interesantes de cada temporada y merece ocupar un puesto destacado en la cartelera como herramienta de diversión y evasión rodada con calidad.

Basada en parte en hechos reales y tomando como punto de partida el libro de Ranulp Fiennes, miembro de las SAS, fuerzas especiales del ejército británico, que participó en una misión de eliminación de los miembros de la familia de un jeque para facilitar una maniobra de gestión y control del petróleo, Asesinos de élite no tiene nada que ver con aquella otra película de Sam Peckimpah titulada The Killer Elite, que en España conocimos como Los aristócratas del crimen, filmada allá por 1975 y que a decir verdad resultó ser una de las más flojas del director de Grupo salvaje o La huida. Sin embargo comparte con ella la profesión arriesgada de sus protagonistas, que también tienen cierto aire familiar a los que protagonizaron otra película con Robert De Niro en el reparto, Ronin, dirigida en 1998 por John Frankenheimer.

La historia arranca en los años 80, un retorno al pasado que nos sitúa en un momento de caos geopolítico y facilita el caldo de cultivo para la primera escena del largometraje, que gira en torno a un asesinato que permite comprobar el pulso firme y la solvencia con la que el director va a manejar las secuencias de acción de una película que en contra de lo que pudiera sospecharse no va a volcarse sólo en lo trepidante, sino que prefiere seguir una fórmula más próxima a la de la saga de Jason Bourne, haciendo que la acción sea el complemento de una competente trama de intriga. Para ello el director ha elegido una estrategia que no suele fallar: el protagonismo bicefálico. Esto es: la trama queda dividida según dos protagonistas principales que lógicamente están en lados opuestos de la misma y por tanto se enfrentan durante todo el metraje.

Por un lado tenemos al asesino a sueldo encarnado por Jason Statham, que sale de su retiro dejándose en el horno sentimental una relación a medio cocer para ayudar a su mentor y colega, interpretado por Robert De Niro en uno de los papeles de secundario-estrella más sólido que le hemos visto en los últimos años, auténtico eco de sus personajes más completos de antaño, y que además se complementa con buena química con Jason Statham. Dicho sea de paso, sobre éste último después de Blitz y de Asesinos de élite va llegando la hora de que sus detractores más recalcitrantes empiecen a reconocerle talento y méritos que le ponen por encima del simple monigote de acción trepidante.

En el otro extremo tenemos a un ex militar veterano de las fuerzas especiales británicas al que da vida Clive Owen, empeñado en proteger a las víctimas del nuevo encargo del asesino, un grupo de comandos de las SAS.

La película se construye por tanto como un juego de caza del gato y el ratón, con Owen ocupándose casi siempre de la parte más ceñida a las claves de la intriga, en un registro similar al que ya cubriera en The International: dinero en la sombra, y que le encaja como un guante. Mientras Statham hace lo que mejor sabe hacer, habitar en las claves de la acción. La bicefalia permite además que cada uno de estos dos protagonistas incursione en el territorio del otro, generando una tensión que añade partes de intriga en la sucesión de asesinatos que va cometiendo el personaje de Statham del mismo modo que el de Owen incursiona en momentos de acción, hasta que ambos acaban cruzándose, dando lugar a un varios enfrentamientos filmados con la misma energía intensa de frenético intercambio de golpes que caracteriza los combates incluidos en la saga de Jason Bourne. En ese juego del ratón y el gato no hay buenos ni malos, sino que todos son lo que afirma el título de la película, asesinos.

Hombre, está claro que no estamos ante un ejercicio de intriga del nivel de la excelente Munich de Steven Spielberg, pero sí se trata de una competente película de intriga y acción bastante completa y con un ritmo que en ocasiones recuerda el de destacadas muestras del género en los años setenta, como Scorpio (Michael Winner, 1973), o algunas intrigas del policíaco británico protagonizadas en esa misma década por Michael Caine, como Asesino implacable (1971) o El molino negro (1974). Además, como ya he dicho, me recuerda otro buen ejemplo intriga y acción de los noventa, Ronin y a caballo entre ambas cosas, por completar la telaraña de referencias que me vinieron a la memoria mientras la veía, también Chacal, con un ritmo a medio camino entre la gran versión dirigida por Fred Zinnemann en 1973 y la actualización rodada por Michael Caton-Jones en 1997 con Bruce Willis y Richard Gere (otro caso de protagonismo bicefálico) al frente del reparto.

“Matar es fácil. Vivir con ello es lo difícil”, afirma uno de los personajes en esta recuperación del cine de intriga y acción con claves sólidas y sin tomarle el pelo al público, con actores que convencen y ayudan a que aceptemos sus personajes aportando verosimilitud a la trama. Si es caso, falla algo ese empeño algo reiterativo de utilizar el flashback para construir una historia de amor que resulta ajena al resto, como impuesta a título de adorno de cara a la taquilla, aunque  ciertamente sirva para darle a De Niro la oportunidad de lucirse en la escena de la persecución en el metro, una de las mejores de la película, lo cual redime todo el embrollo sentimental que le buscan al personaje de Statham y prácticamente hasta ese momento podíamos pensar que no viene a cuento. Casi se diría que la película contiene una especie de reconocimiento de la flojera que afecta a esos flashbacks sentimentales sin los que podría pasar perfectamente el resto de la trama en ese diálogo donde un personaje le dice a otro: “Enséñame una mujer guapa y te enseñaré a un hombre hasta las narices de la chica”.

En todo caso puede perdonársele esa innecesaria guinda romántica porque toda la parte de intriga y acción es sólida, está bien servida y es interesante.

Miguel Juan Payán

Crítica de la película Johnny English Returns

Siempre hemos oído hablar de las virtudes del humor británico. De la inteligencia, la acidez, el humor satírico y la brillantez del humor inglés, como una de las grandes fuentes cómicas de nuestros tiempos, de la que, es cierto y no cabe duda, han surgido nombres como los Monty Python, Ricky Gervais, Matt Lucas o, para qué negarlo, también Rowan Atkinson. Gente capaz de hacer reír en medio mundo y que, habitualmente, comenzaron en la televisión para hacer reír con alguna sátira bastante acertada y luego, con mayor o menor fortuna, dieron el salto al cine.

Aunque el paradigma de este modelo siempre sean los míticos y geniales Monty Python, a día de hoy el modelo de más éxito y quizá el más brillante, ha sido el de Ricky Gervais, con un sentido del humor ácido e inteligente, que ha sabido hacer un análisis brillante de la vida y la sociedad no sólo británica, sino del mundo occidental con series como The Office o Extras. Atkinson no le anda a la zaga en éxito y repercusión mediática, aunque su sentido del humor, al menos por el que es más conocido en todo el mundo, se aleja bastante del de Gervais para ser algo más zafio, más vulgar y, quizá por ello, más popular. Y eso que aunque el papel por el que le conocemos en todo el mundo y por el que siempre será recordado sea el de Mr. Bean, sus comienzos y el papel que más veces ha interpretado sea el del protagonista de La Víbora Negra, una sátira brillante y corrosiva bastante alejada del humor de Mr.Bean.

Y sí, es cierto también, que en sus orígenes Bean era un personaje bastante salvaje y poco comedido, un tipo ruin y rastrero, tacaño y egoísta, que, pese a todo, se ganaba nuestras simpatías por su falta de vergüenza. Luego el cine se encargó de poner las cosas en su sitio con dos adaptaciones poco inspiradas y carentes de la mala uva de la serie de televisión. Algo parecido ocurrió con la primera Johnny English, donde el sentido del humor de Atkinson parecía haber evolucionado, dejando de lado toda la parte satírica de sus años de juventud, para dejarlo todo en el humor físico y el absurdo, aunque no terminaban de cuajar.

No me entiendan mal, es un humor tan válido como cualquier otro siempre que haga reír. Pero es irónico que los ingleses siempre presuman de su humor inteligente, para que todo se reduzca a un par de caídas, situaciones incómodas y la cara de un tipo que, con sólo fruncir el ceño, ya consigue que esbocemos una sonrisa. Un “clown”, un payaso, con todo el respeto del mundo. Pero esto no es La Víbora Negra. Ni por asomo. Lo que nos venden como una sátira sobre el cine de espías es, en realidad, una comedia física y absurda que bien podría haber protagonizado un Kevin James al uso si se hubiese rodado en USA.

Y si alguien se pregunta si una secuela de Johnny English (¿alguien la recuerda?) era necesaria, sólo hay que pensar que apenas costó 30 millones y recaudó 129 en todo el mundo. Sólo en España rozó los 6 millones de euros. Lo que me sorprende no es la secuela, es que hayan tardado ocho años en sacarla. Tampoco es que precisamente hayan estado trabajando en el guión… O no lo parece. Repito, puede estar ambientada en el mundo de los espías y hacer parodia de algunas cosas como los créditos iniciales o la chulería típica de Bond. Es una máscara. Su humor reside en las situaciones ridículas en las que se mete el protagonista, su peculiar torpeza, su estupidez camuflada de supuesta arrogancia, y su humor físico, lleno de caídas, golpes y similares.

Lo que sí se puede decir de Johnny English Returns es que es bastante más divertida que su primera entrega, que apenas contenía un par de sonrisas en todo su metraje, quizá demasiado absurdo, quizá demasiado infantil. Aquí el humor funciona de maravilla en escenas como la persecución en China (verdaderamente hilarante), el campo de golf, la pelea final en el teleférico… son escenas cargadas de ese humor que hacen reír. Y lo consiguen sin despeinarse.

El problema son los huecos entre esas escenas, en los que la película parece empeñada en tomarse en serio a sí misma como si realmente hiciese falta. No funcionan, no aportan nada, realmente no hay parodia del cine tipo James Bond o la saga de Jason Bourne, y además dejan claro que si hubiesen hecho un episodio de una serie de media hora, les hubiese quedado algo redondo. Se nota alargado hasta la saciedad, como lo de la asesina de la limpieza, que llega un momento en el que pierde su gracia inicial.

Y además desaprovecha su reparto, dejando como meras comparsas presencias tan interesantes como las de Gillian Anderson, Rosamund Pike o Richard Schiff, que debió rodar lo suyo en un día o algo así, pese a que en los créditos aparece de forma prominente. Es una pena porque podía haber sacado jugo de unos actores entregados a un proyecto en el que saben que lo único que importa es pasárselo en grande para que el espectador también se lo pase en grande.

En definitiva, Johnny English Returns supone el regreso de Rowan Atkinson al cine tras varios años de casi desaparición de las pantallas, con una comedia hecha a su medida pero lejos de sus mejores momentos. Sencilla, aseada y divertida por momentos, pero completamente olvidable. Sabe mal que esos momentos realmente hilarantes no sean más habituales durante el metraje, que no encuentre nunca un tono más inteligente o que desaproveche algunos rostros populares. Pero tampoco es para rasgarse las vestiduras. Es lo que es y da lo que promete. Tampoco creo que los fans del actor o el personaje vayan pidiendo otra cosa.

Jesús Usero

 

{youtube}9Vp1SDLr8UA{/youtube}

Crítica de la película El árbol de la vida

Posiblemente Terrence Malick sea uno de los directores más peculiares, únicos e inclasificables que quedan. Un tipo que pasó 20 años retirado del cine simplemente para dedicarse a dar clases en Francia. Ha declinado dirigir películas como El Hombre Elefante, por ejemplo, y cuando se involucra en un proyecto, que suele ser muy de cuando en cuando, lo hace de una forma única y tan personal que no es difícil identificar sus películas de todas las demás. Es un personaje complejo y único dentro de Hollywood, donde lo habitual es que se produzcan películas como churros y que un director no haya terminado de completar un proyecto cuando ya está embarcándose en el siguiente.

En cierta medida su persona recuerda a la de Stanley Kubrick, aunque normalmente la gente que lo conoce dice que es una persona amable y encantadora, humilde y dulce, muy alejada de la figura de Kubrick. Pero sí hay algunos paralelismos en su manera de entender y acercarse al cine por parte de ambos. Al menos en El Árbol de la Vida, porque durante las más de dos horas de proyección no podía quitarme de la cabeza la obra maestra de Kubrick 2001, Odisea en el Espacio. Quizá sean imaginaciones mías pero creo que a fin de cuentas hay ciertos paralelismos entre ambas películas y que ambas terminan hablando de temas similares. O al menos eso me ha parecido a mí.

Una advertencia antes de ver la película. No es una película fácil de ver. No sólo por la complejidad de la historia que se nos cuenta, que en principio podría ser la más sencilla del mundo, sino por cómo se nos cuenta. Es una película complicada de ver y de asimilar. En ocasiones hipnótica, en ocasiones incómoda. Muchas veces profunda y otras veces ligera como esas cortinas y sábanas tras las que tantas cosas suceden en la pantalla. Su forma de plantearnos la historia, su forma de enredarnos inconexamente en la vida de esta familia, sus continuos saltos en el tiempo sin previo aviso… Todo ello la convierten en una película densa, en el mejor sentido de la palabra. Un film que hay que desgranar y pelar casi como si se tratase de una cebolla. Capa a capa.

También, como bien decía hace unos días mi compañero Miguel Juan Payán, no conviene guiarse por las estrellas que le he puesto en la crítica, entre otras cosas porque no son estas cuatro estrellas las mismas que puedo darle a una película como La Deuda, y porque no serían las mismas que le diese mi compañero.

Siempre me ha maravillado de Terrence Malick la habilidad que tiene para convertir las imágenes en poesía. Es un director de arte y ensayo, alejado completamente de los parámetros más comerciales, que cuenta historias de una forma tan portentosa y única que, incluso cuando no gusta, no se le puede negar su talento. Aquí aprovecha para contarnos la historia de una familia, o más concretamente del hijo mayor de la misma, a lo largo de su infancia, pasando por una horrible tragedia, hasta el presente, en el que intenta reconectar con su padre, con el que tiene una relación tortuosa.

Cuando la historia es tan inconexa y da los saltos que da, lo que menos importa, realmente, son los diálogos. O, mejor dicho, los pocos diálogos que hay importan muchísimo, pero la película no los emplea casi para narrar la historia. El Árbol de la Vida transcurre entre imágenes y sonidos, entre música y silencios, con la intención de componer una sinfonía, una banda sonora particular para esta historia pequeña, que acaba convertida en la historia de la vida. Desde los orígenes del mundo, literalmente.

La forma en que Malick mueve la cámara (casi continuamente pero para narrar), el poder de la luz, sobre todo en una casa siempre iluminada que esconde tanta oscuridad y tristeza. La puesta en escena, el poder de las imágenes, la iluminación… todo ello pesa tanto como la historia y es lo que hace que, por ejemplo, las interpretaciones de los actores sean casi lo de menos. Teniendo en cuenta, eso sí, que Brad Pitt como el padre y Jessica Chastain como la madre están brillantes, lo mismo que Hunter McCracken como el joven Jack. La pena es que la presencia de Sean Penn casi parezca un cameo.

Y toda esa complejidad y esa densidad narrativa, toda esa fuerza, para contar una historia de padres e hijos. Padres que no entienden a sus hijos e hijos que no perdonan a sus padres. Como después de todo, desde el origen del universo hasta ahora, todo se reduce a padres e hijos. Ese árbol de la vida que lleva tanto tiempo ahí y sigue creciendo con ramas nuevas. De cómo siempre acabamos pareciéndonos a nuestros padres, incluso más de lo que desearíamos. Y de cómo la tragedia nos marca por igual. A fin de cuentas todos pertenecemos a ese árbol.

Aunque nadie es perfecto y a Malick se le va un poco la mano con tanta milonga sobre el origen del mundo y demás. La película acaba siendo demasiado inaccesible para el público y no deja que cualquiera pueda disfrutarla. Porque es demasiado densa (aquí en el mal sentido de la palabra). Y confunde a veces complicada con compleja. Acaba siendo más complicada de lo que debería, creyendo que eso la hace más compleja. Le sobra algo de metraje y algo de intelectual. Debería ser más emocional que cerebral, lo que hace que a veces parezca una película fría y distante. O incluso aburrida y contemplativa.

Entre medias nos queda una película poderosa y especial. Diferente. Una película que plantea preguntas complicadas, esas que un hijo le hace a su padre sin que este sepa responderlas. Espiritual e incluso llena de fe. Una melodía arrastrada por las imágenes y la música que nos habla del principio y del fin. De lo terrenal y de nuestro propio cielo. Del perdón y la esperanza. Fascinante, bella e indescriptible.

Ahora, como una vaya buscando la última de Jackie Chan, lo lleva claro.

Jesús Usero

Crítica de la película El Castor

Hace no mucho tiempo la alianza en un mismo proyecto de Jodie Foster como actriz y directora y Mel Gibson como protagonista habría sido un plato muy apetecible para la mayoría del público. Mañana viernes El Castor ofrece la posibilidad de asistir a ese reencuentro, que es principalmente otra muestra del talento de Foster como directora y de la notable capacidad de Gibson como actor. Pocos actores del Hollywood actual podrían sostener este tipo de personaje deprimido y convertirlo en algo tan interesante y diferente a lo que el actor nos tiene acostumbrados. Y pocos directores/as sabrían sacar tan buen provecho del talento de su protagonista rodando además una película que se aleja de los clichés del melodrama para internarse en el drama más sólido a la vez que insólito que podemos contemplar ahora mismo en la cartelera.

Foster no hace concesiones a la galería y cuenta una historia que clava en la pantalla las características esenciales de uno de esos males de nuestro tiempo no siempre suficientemente tenido en cuenta por la mayoría. Lo que nos ofrece El Castor es un intenso viaje por la depresión y sus consecuencias. Pero no se asusten. Parte del talento de la directora consiste en hacer lo mismo que hizo en sus películas anteriores como tal, las igualmente recomendables El pequeño Tate y A casa por vacaciones, esto es: pillar un tipo de historia que en otras manos podría convertirse en el tópico melodrama o comedia disparatada y hacer de ella una historia sólida, entretenida pero que se toma en serio a sí misma y a sus personajes.

Imaginen lo que podría haber salido con otro director al frente del proyecto de esta historia en la que un empresario de juguetes víctima de la depresión que ha perdido a su familia se inventa su propia terapia a base de interactuar con el prójimo y relacionarse con el resto del mundo a través de un castor de peluche. Podría haber sido una comedia absurda, difícilmente digerible o totalmente disparatada, pero Foster sabe mantener el pulso de la historia, y lo que nos ofrece en la primera  parte de su relato, que personalmente me recordó en esos primeros treinta minutos algo así como una visión de pesadilla de la comedia El invisible Harvey (Henry Koster, 1950), en la que James Stewart se paseaba por el mundo afirmando que tenía como amigo a un conejo gigante al que sólo podía ver él.

Pero la película no se queda ahí. Foster acierta a enriquecerla más allá de la anécdota que le sirve como punto de arranque imponiendo con una aparente facilidad que oculta una estructura dramática mucho más compleja el protagonismo coral en su película. Desde el principio Foster acierta a dejarle muy claro al espectador cuál va a ser ese camino: arranca con la imagen de Gibson flotando en la piscina, pero rápidamente nos introduce en la vida de ese personaje, su depresión, y en cómo esa depresión afecta al resto de los miembros de su familia, que nos son presentados en un breve prólogo a la trama en su característica más significativa y con una economía narrativa ejemplar. Eso le permite a Foster manejar luego esa misma estructura para conseguir que la película no se convierta en un monólogo de estrella de Gibson, sino en un relato donde además acierta a darle a Anton Yelchin un papel realmente interesante que nos descubre otra faceta de ese actor al que el público general puede identificar más recientemente en trepidantes peripecias como las últimas entregas de Star Trek y Terminator. Yelchin es la representación de los jóvenes en este relato donde con apenas un par de escenas Foster establece la posibilidad de que los hijos no sólo hereden las enfermedades, sino de algún modo también los errores de los padres. Su propia peripecia abre otra ventana a la historia, contribuyendo así a hacerla más amena y acercarla al público más joven, sin entender por jóvenes las representaciones tirando a descerebradas o utópicamente románticas que suelen enchufarnos en el cine americano más reciente y que, francamente, nos parecen auténticas marcianadas alejadas de la más inmediata realidad.

Sin hacer de ello un panfleto o un caballo de batalla o denuncia, lo que habría sido cansinamente pedante, Foster procura apartarse de los tópicos y las imágenes idealizadas que siempre nos ha servido el cine estadounidense con la misma elegancia que aplicó a sus trabajos anteriores tras las cámaras, y viniendo como viene de la profesión de actriz, sabe cómo darle a cada uno de sus actores oportunidad de lucirse sin caer en el exceso, dosificándose, sin apartarse de la más realista representación de sus personajes, que es la mejor manera de mantener cerca de la historia al espectador.

Es por eso que la película gana bastante si se ve en versión original, no por esnobismo cultureta, sino simplemente porque el trabajo de Gibson jugando a ser ventrílocuo con el castor de peluche se pierde totalmente en el doblaje.

Hay además una escena en particular que puede ayudar a dejar más claro por qué creo que Foster es una gran directora, una de esas realizadoras de las que interesa ver todo lo que estrene tras las cámaras porque ofrece muchas posibilidades de ver buen cine. Me refiero al momento de padre e hijo en el hospital, en el que se produce un curioso ejercicio que nos dice mucho de cómo se puede manejar el cine conseguir momentos casi mágicos, como pretendía Orson Welles. Gibson está sentado, Yelchin se acerca, ambos hablan, y la cámara se va retirando hasta mostrarnos a Foster de espaldas en la puerta: es en ese momento tanto la Foster/personaje/madre como la Foster/directora la que contempla a ambos, y decide retirarse elegantemente para dejar a esos personajes sumidos en su privacidad, lo que es toda una declaración de principios de cómo ha decidido manejar toda la película. Renuncia a convertir a sus personajes en meras marionetas para crear emociones en el espectador por el camino fácil del melodrama y la sobreexposición, la sobreactuación, la hipérbole de las emociones. Impone un respeto en la mirada sobre los mismos incluso en la manera de planificar y trabajar con la cámara. Ese plano es por tanto un resumen no sólo del tema esencial que aborda la película, sino de cómo Foster ha elegido abordar narrativa y estéticamente su película: discretamente, sin falsos alardes, ni parafernalia de abalorios emocionales, sin histrionismo.

Es por todo eso que también creo que El Castor, que es una película con buen ritmo, entretenida de ver pero con contenido, debería ganarse un puesto en la taquilla, al menos para quienes pensamos que el cine tiene que ser algo más que superhéroes salvándonos el culo en cada nueva entrega de sus aventuras, no porque esas otras películas no me entretengan, al contrario: simplemente porque me gusta la variedad frente a la monotonía, y estoy convencido de que el respeto a los personajes es la mejor manera de respetar al espectador.

Y me gusta que me respeten como espectador, cosa que El Castor hace sobradamente.

Miguel Juan Payán

Thor ★★★

Abril 18, 2011

Crítica de la película Thor

Tan buena como X-Men y X-Men 2, mejor que Iron Man e Iron Man 2. No es la mejor adaptación del cómic al cine, porque sigue estando ahí arriba, muy arriba, El caballero oscuro de Christopher Nolan, pero no cabe duda de que Thor es un encuentro mucho más acertado del talento de un director con estilo propio y personalidad (Kenneth Branagh) a un personaje de la Marvel de lo que fue la versión Ang Lee de Hulk. Creo que con estas pistas sitúo más o menos a Thor en el lugar que me parece ocupa dentro de las adaptaciones del universo superheróico de la Marvel al cine, concretamente a la altura de los logros de Bryan Singer con sus dos películas sobre los mutantes.

{youtube}JOddp-nlNvQ{/youtube}

Seamos sinceros: el tema de las adaptaciones de las viñetas al cine en lo referido a la Marvel está necesitado de que directores de talento y experiencia, con productos de calidad a sus espaldas y una formación clásica, le metan mano a los personajes de superhéroes. Es por ello una pena que Darren Aronofsky se haya bajado del proyecto de filmar la segunda entrega de Lobezno, ya que sin duda de ese choque entre el talento veterano y con imaginación y características de cine de autor y las fantasías de la Marvel pueden salir cosas muy buenas…

Thor es un buen ejemplo de los resultados positivos que se derivan de ese tipo de encuentros, incluso con sus pequeño defectos, tanto más pequeños cuanto que es una película trepidante, visualmente espectacular, con una buena construcción de la historia y un ritmo ejemplar, que resulta muy entretenida y llega al tope en lo que a verosimilitud de las peripecias superheróicas en la pantalla se refiere sin renegar o traicionar en modo alguno la fuente original de los cómics que le sirven como base.

Mi opinión general sobre la película es por tanto muy positiva. Si ahora mismo tuviera que elegir comprarme tres películas de adaptación de los personajes Marvel al cine esta trilogía la formarían sin duda las dos de Singer con los mutantes y este trepidante y muy logrado encuentro de Branagh con el universo de Thor (vale, luego sacaría pasta de donde fuera para añadir las dos de Iron Man porque me parecen muy divertidas, aunque sé que están algo por detrás de las otras tres).

En Thor concretamente creo que han trabajado muy bien esa mezcla de mundo real y fantasía, y visualmente la recreación de Asgard, que no era nada fácil, y de los nueve reinos unidos por el árbol Yggdrasil, está muy lograda, adornándose además con una mezcla de mitología y ciencia ficción que es una de las mejores maniobras de hibridación entre géneros que he visto en el cine en los últimos años. Branagh ha sabido además exorcizar todos los fantasmas que sobrevolaban su participación en el proyecto. Los seguidores de Thor en el cómic temíamos que pudiera convertirse en otra víctima de su natural inclinación por las obras de Shakespeare, tal y como ocurrió en su versión de Frankenstein (que reconozco que a mí me gustó, aunque le hayan dado tantos palos), y eso no ha ocurrido. En manos de Branagh, Thor sigue siendo Thor, y para ser sincero, hay menos Shakespeare que guerra de sexos tipo screwball comedy, hay más de Howard Hawks en La fiera de mi niña, o más de Preston Sturges en Los viajes de Sullivan, porque todo el largometraje funciona bastante bien como mezcla de aventuras, comedia y una pincelada de romance. Es en la dosificación de elementos de todo el proyecto en lo que Branagh ha tenido más acierto, ya que la parte épica y de acción no resta un ápice de funcionalidad a la creación de personajes y al mismo tiempo el contenido mitológico y trágico, más shakespeariano, de la familia real de Asgard, no resta efectividad a la peripecia de Thor en la Tierra. Branagh sabe decir mucho sobre los personajes con muy poco, y además tiene bastante controlado el tema de la dirección de actores para sacar el máximo partido a las herramientas humanas de su narración en un reparto que está suficientemente bien pertrechado de talento para sacar adelante con muy pocas apariciones personajes que en las viñetas tienen un largo recorrido y un más amplio arco de desarrollo.

Creo además que Branagh ha sabido salir con la habilidad que le otorga su veteranía de las trampas a que están sometidos todos aquellos directores enfrentados al encargo de trasladar las fantasías de las viñetas de la Marvel al cine. Las trampas son muchas, pero entre todas ellas destacan especialmente la necesaria presentación de personajes al público que no sigue sus peripecias en el cómic, que en algunos casos ha operado como lastre de la propia historia. La otra traba destacada es el aparentemente insoslayable carácter episódico de estas producciones, heredado sin duda de su anterior vida en el mundo de las viñetas. Concebidas en clave de trilogías, y con ese entramado entre las distintas sagas (Hulk, Iron Man, Thor, Capitán América…), en las que ejerce como cemento unificador o vínculo común la organización Shield y las apariciones de Samuel L. Jackson ejerciendo como Nick Furia, las películas que adaptan las peripecias de los superhéroes Marvel tienen un ritmo y una forma de narrar que se basa más en la acumulación de episodios y la construcción de personajes a pinceladas breves, sin profundizar, lo que conduce todas las tramas a una inevitable superficialidad episódica que en el cómic no es un lastre, porque número a número va construyendo un arco de desarrollo de personajes más complejo del que puede permitirse una película en más o menos dos horas de metraje. Simplemente el cine no tiene tiempo suficiente para profundizar más en estas historias si quiere mantener su personalidad como producto de evasión y entretenimiento, de manera que es imprescindible que los guionistas y realizadores sean muy hábiles para contar mucho en muy poco tiempos sobre las situaciones y personajes. Es por eso que seguramente la televisión sería mejor medio para adaptar este tipo de producto al audiovisual que el cine. No obstante, creo que en ese sentido Branagh en Thor ha hecho un gran trabajo. La película se sostiene como relato independiente, y aun haciendo gala de la inevitable característica episódica de este tipo de producciones, consigue incluso  levantar unos personajes secundarios eficaces más allá de los papeles protagonistas. Y si hay algo de Shakespeare, está de forma coherente expresado en Loki, el Yago de la historia, y en esos guerreros amigos del héroe, que personalmente tanto me recuerdan al grupo protagonista de la obra Mucho ruido y pocas nueces

Miguel Juan Payán

Crítica de la película Águila Roja

Sírvase el lector de esta pequeña introducción si lo desea o salte directamente a párrafos posteriores donde desgranaremos la película a fondo. Pero no puedo irme sin mencionar que puede que sea uno de los pocos que vayan a defender Águila Roja, La Película, en los próximos días o semanas. Lo digo por la sensación que me ha producido a la salida del pase de prensa donde he podido verla y donde la impresión generalizada no era demasiado buena. Vamos, que no habían pasado dos minutos cuando empezaban a llover los cuchillos.

Esto en sí no es malo, cada cuál es libre de decir lo que piense y de opinar con cierto fundamento, al menos. Pero es que me sigue dando la impresión de que medimos con distinto rasero lo de casa a lo que nos llega de fuera. Águila Roja es una producción española de aventuras. Pero de aventuras clásicas, con capa y espada, batallas, duelos a muerte y héroes románticos. Vamos, lo que viene siendo la serie de televisión con formato panorámico, más presupuesto y mayor duración. Ni engaña ni pretende engañar a nadie. Va a intentar ganarse en las salas de cine al público, cerca de 6 millones de espectadores, que ya se ha ganado en casa, en la pequeña pantalla. No es una tarea fácil, que la gente no acostumbra a pagar por lo que tiene gratis, pero es un notable esfuerzo.

Quiero decir, parece mentira que no sepamos a qué nos enfrentamos. Yo no soy un gran seguidor de la serie, aunque la he visto bastante a menudo y me resulta la mar de distraída. Con escenas de acción, coreografías y tramas superheroicas para la televisión española moderna. Que se dice pronto. A mí si la película me ha convencido es porque creo que el rasero con el que ha de medirse es justamente ese, el del público al que va dirigida la película. El de la gente que va a disfrutarla por mucha moto que le vendamos los críticos. No, Águila Roja no es mala. Es que le exigimos el doble que a las demás.

No puedo creerme que quienes sepan dónde se están metiendo y los fans de la serie de televisión, salgan demasiado decepcionados de la sala de cine cuando vean esta película. Si acaso habrán pasado un buen rato en el cine, con una película muy cuidada a nivel de producción y además entretenida. Con defectos, que los tiene y algunos son bastante remarcables, pero también con muchos aciertos y con una sensación que me ha dejado bastante peculiar. Creo que a sus fans les va a encantar. Y digo que es peculiar por eso mismo, porque yo no soy fan de la serie, sólo un televidente distraído.

Águila Roja, La Película, mezcla los elementos que han hecho popular a la serie con otros quizá algo olvidados, pero no por ello menos apreciables. Con un esfuerzo notable por homenajear a los clásicos de Alejandro Dumas (mosqueteros, reyes de Francia y cardenales incluidos en conspiraciones con cárceles perdidas y luchas imposibles) sin nunca perder el norte de lo que realmente le interesa a sus seguidores. Tratando de que todos los personajes tengan su momento de gloria, en una especie de película coral que, en este caso sí, no siempre acaba de funcionar.

Ese reparto coral es la mayor de sus deudas, porque acaba por no centrarse en lo que importa del relato y se preocupa por divagar buscando esos momentos mágicos de los personajes. No se puede satisfacer a todo el mundo, y muchas de esas historias quedan relegadas al olvido o resueltas deprisa y corriendo, como ocurre con la Marquesa y su hijo o con el personaje de Francis Lorenzo. Quizá sus seguidores sean los que más tengan de qué quejarse con la película.

A veces la historia se atropella y se acelera, con ese momento que (sin destripar la sorpresa a nadie) desmonta lo que los trailers y lo que nos habían contado, prometían con la película, resolviendo antes de tiempo una de las novedades más interesantes que planteaba el salto de la tele al cine. Sabe a poco y sabe a algo que sucede antes de tiempo, sin venir a cuento. Pese a que la escena en que sucede es una de las mejores escenas de acción de la película.

También al final la cosa se desmelena un poco con la batalla campal en el camino y con la aparición de un animal que ni pinta nada ni acaba de crear tensión. O cuando el ritmo decae seriamente a mitad de la cinta para darle vueltas a la conspiración palaciega. Pero es quizá lo de menos. La sensación que me ha dejado la película es la mar de positiva.

Y lo es porque me lo he pasado muy bien. Porque las escenas de acción están bien rodadas, coreografiadas y resueltas. Porque la intriga se mueve con bastante soltura y con la suficiente inteligencia como para no terminar de aburrir. Porque la química entre Janer y Klein es interesante y apetece ver al personaje de nuevo en la serie. Porque se nota el presupuesto (ojo a los ejércitos acampados, al rodaje en exteriores y a los muchos decorados). Porque, en definitiva, la película no tiene ningún complejo y sabe perfectamente que es cine de evasión, de entretenimiento, de escapismo puro y duro.

Y, lo que es entretener, entretiene. Hay cosas mejorables, por supuesto, y cosas que quizá deberían suavizarse, como el humor de Satur que a veces chirría. Pero no podemos, por ejemplo, pedirle rigor histórico a una película de aventuras. Ni pedir Gladiator con los presupuestos que tenemos aquí. Se puede y se debe disfrutar de Águila Roja porque para eso está. No le busquen tres pies al gato. Eso sí, si al final le hubiese echado agallas la nueva temporada se podía haber planteado de una forma más que suculenta. Pero son las ganas de contentar a todo el mundo. A lo mejor es eso. Quien no siga la serie, quizá no vaya a disfrutar la película.

O a lo mejor es que nos pasamos de exigentes.

Jesús Usero

De la mano de la productora independiente CINCO DEDOS y con la mano de Dark Factory en la postproducción, nos llega el magnífico Teaser-trailer la película JUAN HOMBRE. Una aventura de acción basada en la historia del polémico maestro de artes marciales español del mismo nombre, quien a mediados de los ’80 perdió la movilidad de sus piernas aparentemente por un accidente de tráfico, pero que a pesar de ello ha continuado luchando contra la adversidad y viajando por el mundo, compartiendo su particular forma de entender las artes marciales.