Crítica de la película Celda 211

Recuerdo a Daniel Monzón a principios de los 90, cuando ejercía de crítico cinematográfico en el programa de cine de Televisión Española que ya por aquel entonces se llamaba, si no recuerdo mal, Días de Cine, junto al entrañable y desaparecido José Luís Guarner. Los dos analizaban una película de estreno, cada uno con un estilo ciertamente particular. Guarner, con la sabiduría y el lenguaje propios de quien llevaba toda una vida dedicada a la crítica cinematográfica, mirando con cierto desdén los estrenos más comerciales; Monzón, con el ímpetu de quien ha mamado cine de otra generación, con otra mirada más ingenua pero también más apasionada. En el año 2000 el crítico Monzón se convirtió en director, y ahora, en 2009 nos regala una película, la cuarta suya como cineasta, fundamental, imprescindible para nuestro cine, y que le convierte en uno de los nombres más importantes de nuestra pequeña industria cinematográfica.

Celda 211 es la película que quienes amamos el cine llevábamos tiempo deseando que se produjese en el cine de aquí. Y no por dar la razón a quienes desprecian a nuestro cine acusándole de repetitivo y de producir sólo comedias soeces o dramas guerra-civilistas, sino más bien por albergar la esperanza de que sea la primera de muchas, la que abra el fuego hacia un cine de género propio, más alla de Alex de la Iglesia o de los primeros trabajos de Amenábar. Que en Espña se produzca un drama carcelario como éste es un acontecimiento fundamental, más aún si se hace con la solvencia y rotundidad con la que Daniel Monzón la ha rodado o con la maestría de Luís Tosar protagonizándola, por nombrar sólo a las dos figuras más importantes de esta película, en la que todos, desde el director hasta el más secundario de los intérpretes, realizan un trabajo soberbio.

Pero todos recordaremos, siempre, A Mala Madre, esa bestia a la que ha dado forma un inmenso Luís Tosar. El actor gallego no ha hecho otra cosa que recibir agradecido el enorme regalo que Monzón le ha hecho con este papel. Pero ojo, que lejos de dar por hecho que simplemente Tosar ha puesto rostro y cuerpo a un personaje bien escrito y definido, hay que destacar cómo lo ha trabajado, modulando su voz y haciendo un uso superlativo de ese regalo que sin duda supone el poder encarnar a un villano que permanecerá para siempre en nuestra memoria cinéfila. Cada mirada, cada movimiento, cada puñalada, cada sonrisa de Tosar como Mala Madre nos invitan a pensar que estamos ante uno de los mejores actores de nuestro cine, alguien que ya llevaba tiempo demostrando su capacidad y que con este personaje alcanza la cima absoluta de nuestro minúsculo star system.

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Y a partir de semejanre creación, todo es un poco más fácil. En Celda 211 disfrutamos de todos los tópicos del género carcelario, adaptados a la idiosincrasia de nuestra realidad. Tenemos al líder absoluto rrpresentado en Mala Madre; al segundón que se cela por los galones que va adquiriendo Juán Oliver, más conocido como Calzones (estupendo Alberto Ammann); al clan sudamericano liderado por Apache, a quien pone rostro un gran Carlos Bardem; al grupo etarra, clave en el desarrollo de la trama; a los funcionarios cabrones (nueva lección de Antonio Resines) y al drama de quien nada puede hacer cuando la persona a la que ama se ve envuelta en todo lo que ocurre en la prisión. Todo ello aderezado con una intriga perfecta, lógica y bien construída, basada en un cine de topos e infiltrados inusual en nuestro cine.

Todo ocurre rápido, todo fluye a velocidad de crucero, la misma con la que Daniel Monzón, con su cuarta película, ha logrado madurar como cineasta y, sobre todo, como guionista. Se perdió a un crítico estupendo, pero el cine español salió ganando sin duda, ya que cuenta entre sus directores con alguien que sabe qué necesita nuestra industria y qué quiere ver el público de aquí. Y a ese público le regala una cinta extraordinaria, que además, y como no podía ser de otra manera, está recibiendo críticas halagadoras.

 

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Luís Tosar acaparará elogios, todos ellos más que merecidos, pero que nadie se olvide de Daniel Monzón. Yo aprovecho para recomendar su segunda película, aquella locura disparatada titulada El Robo Más Grande Jamás Contado, una comedia de suspense divertidísima con unos impagables Antonio Resines y Javier Manquiña, que pasó desapercibida en su momento y que conviene rescatar ahora, aprovechando el enorme éxito que seguro tendrá esta Celda 211. A ver si todo el mundo las ve, una en su casita, la otra en el cine, para que, ya puestos, más de uno cambie su concepción respecto al cine español. Y mientras tanto que Monzón vaya haciendo sitio en su casa a los Goya que se va a llevar...

 

 

Crítica de la película MILLENNIUM 1: Los hombres que no amaban a las mujeres

Se puede decir más alto, pero no más claro: Millenium 1. Los hombres que no amaban a las mujeres es una de las mejores películas que he visto este año, así que he querido aprovechar este espacio de la página web de la revista para anticiparme a su estreno el próximo 29 de mayo y recomendarla. Es buen cine policíaco. Con momentos particularmente escabrosos y duros, cierto, pero incuestionablemente buen cine.

No obstante reconozco que una parte importante de la satisfacción que me ha proporcionado la película tiene que ver con lo relativamente fácil que me ha resultado traducir su esquema narrativo y ver los trucos aplicados por su autor para contar una historia que por otra parte en lo esencial es notablemente menos nueva y original de lo que algunos de sus seducidos seguidores pretenden. De ahí que al salir del pase haya experimentado también la sensación agridulce de haber visto una muy buena película… pero con un argumento del que me ha impresionado su fría eficacia en la replicación de precedentes ilustres. Casi parece un producto de laboratorio narrativo. Producto de primera calidad, cierto, pero escrito con el frío tacto de un bisturí abriéndose paso, intrépido y sagaz, por las vísceras de la narrativa policíaca de toda la vida para aplicarle a algunas de las características esenciales del género una operación de cirugía estética llamada a actualizarlas.

            En lo cinematográfico le doy un nueve sin problemas, pero las claves de su esquema narrativo la convierten en un puzzle muy curioso que precisamente por esa condición de fábula-máquina construida desde la recopilación de referencias previas me ha recordado en algún momento a Cliente muerto no paga (Carl Reiner, 1982), divertido festival de citas de los clásicos del cine negro. Ojo, no se confundan, que luego hay quien lee estos comentarios demasiado rápido y se hace un lío. No estoy diciendo que sean iguales, ni mucho menos. Cliente muerto no paga era una comedia construida a modo de monstruo de Frankenstein del cine negro sobre momentos clásicos del mismo, en definitiva un inofensivo juego de montaje llamado a servir como bufé libre para cinéfilos recuperando el celuloide de otras décadas.  Por el contrario Los hombres que no amaban a las mujeres es una trágica historia de venganza disfrazada como fábula de redención que contiene algunos momentos realmente duros capaces de otorgarle tintes de pesadilla. Lo que me ha hecho recordar a la primera cuando veía la segunda es precisamente esa cualidad compartida de ser un puzzle de lo que las precede en el género donde se desenvuelven.

            Los hombres que no amaban a las mujeres es una historia-puzzle porque contiene dentro de sí varias tramas. En todo lo referido a la investigación llevada a cabo por su protagonista masculino en el seno de una poderosa y adinerada familia con pasado oscuro nos encontramos numerosos momentos que remiten a las novelas whodunit (¿quién lo hizo?), estilo Agatha Christie. Incluso asistiremos al doble final de ese caso, al juego estilo Cluedo con varios culpables, y al tradicional momento en el que se reúnen todos los sospechosos. Pero esa faceta parece haberle parecido poco al gestor de la trama de cara a  servir como anzuelo para un público actual, o en todo caso ha querido renovarla practicando su hibridación con una trama policial que bebe también a ratos del hard-boiled protagonizado por el típico detective duro y no obstante maltratado por la vida, a caballo entre el mundo del crimen y el mundo de la ley y que inevitablemente es también maltratado físicamente a lo largo de la acción, atendiendo a una cierta vena masoquista del hard-boiled representada por brutales palizas. En la etapa clásica del cine negro americano este violento tratamiento aplicado al protagonista tenía entre sus objetivos mostrar una nueva vulnerabilidad de los héroes masculinos, espejo del hombre anímicamente semiderruido que las hazañas bélicas habían devuelto a casa desde los distintos frentes de la Segunda Guerra Mundial convertido en un despojo de sí mismo. Alan Ladd en La llave de cristal (1942), Dick Powell en Historia de un detective (1944),  Robert Mitchum en Adiós, muñeca (1975), Jack Nicholson con la nariz rajada por la navaja que empuña Roman Polanski en Chinatown (1974) o Harrison Ford recibiendo una paliza de Rutger Hauer en Blade Runner (1982) son excelentes ejemplos de esta tradición a la que también se apuntan los protagonistas de Los hombres que no amaban a las mujeres, película que además retoma con astucia otra característica esencial del cine negro clásico: el inevitable retorno del pasado.

            Es esta hibridación entre lo que podríamos llamar el estilo Agatha Christie (adornado con cierto eco melodramático asilado en un grupo familiar en conflicto que  explota la siempre eficaz fórmula de: los ricos también lloran, también matan, también delinquen, etcétera…) con  las formas y arrebatos de lo que podríamos calificar como el estilo Dashiell Hammett, la que en esta película  da paso a lo que en mi opinión son sus mayores aciertos: la bicefalia protagónica que forman el periodista Mikael Blomkvist y la hacker Lisbeth Salander, siendo a su vez ésta última un híbrido de la tradicional mujer fatal del cine negro con el detective maltratado, todo en una, por un camino en el que también aparecen ocasionalmente ecos de Fuego en el cuerpo (Lawrence Kasdan, 1981) y Seven (David Fincher, 1995).

           

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