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La chispa de la vida: Álex de la Iglesia vuelve al camino de La Comunidad con el humor negro como compañero de viaje.

Esperpento y sátira de dan la mano en una película que sirve como espejo de una España que me recuerda las comedias escritas por Rafael Azcona y dirigidas por el maestro Berlanga y por Marco Ferreri, El verdugo, Plácido, El Pisito, El cochecito… Si La Comunidad era heredera brillante de todas ellas, su director vuelve al mismo territorio consiguiendo que la sonrisa se nos cambie en rictus amargo con su último trabajo, donde realiza un trabajo de equilibrista de las emociones llevándonos desde la sonrisa nerviosa al vernos reconocidos en ese espejo de miserias nacionales que son algunos de sus personajes, hasta el nudo en la garganta cuando nos identificamos con el protagonista, interpretado con esforzada sinceridad y una destacable humildad por un José Mota en pleno trabajo de exploración de nuevos caminos.

Mota a ratos me recordó el viaje como actor del inolvidable Cassen, un maestro con el que aquí comparte esa capacidad para representar sin arrebatos de estrella el calvario del antihéroe al estilo hispano, siempre maltratado por el estigma maldito que nos persigue desde los tiempos del Cid Campeador, del que no por capricho se decía: qué buen vasallo… si tuviera buen señor. Estrella de la parrilla televisiva de los viernes con su programa de humor en la primera cadena de Televisión Española, está acompañado en La chispa de la vida por una inmensa Salma Hayek que se agiganta a medida que avanza la trama y en algún momento me recordó a Ana Magnani, trayendo a esta fábula un saludable aire neorrealista.

Junto a ellos, Álex de la Iglesia aborda con singular astucia un complejo trabajo con una incombustible legión de actores de reparto, nunca secundarios, porque además cada uno tiene su momento para lucirse y su propio conflicto desarrollado en un segundo plano de la historia principal, dejando flecos interesantes en la historia que invitan al espectador a imaginar el futuro de esas otras piezas del puzle. Proporciona así mayor verosimilitud a la situación narrada por la película, aportando el tapiz del esperpento que envuelve como un manto a la pareja de antihéroes protagonista. Políticos, médicos, vigilantes, periodistas, mirones, mercaderes siniestros de la miseria ajena, tratantes en despropósitos y pícaros de toda laya se constituyen en  espejos de cuerpo entero de una sociedad que tiene tendencia hacia lo miserable, pero en la que el director intenta rastrear ligeros ejemplos de dignidad e incluso la redención de algún que otro personaje… sin dejarse arrastrar por un optimismo imbécil.

El punto de partida puede recordar El gran carnaval, dirigida por Billy Wilder y protagonizada por Kirk Douglas, pero Álex de la Iglesia no tarda más de dos minutos en hacer totalmente suya esa propuesta de arranque, en primer lugar tomando la decisión fundamental de narrar la historia convirtiendo en protagonista a la víctima y no a su explotador, como en su momento hiciera Wilder, añadiendo luego esa mirada de humor negro que me recuerda al trío Azcona/Berlanga/Ferreri, pero sobre todo rasgos familiares de la parte de su filmografía que le ha dado otra vuelta de tuerca a las figuras de pícaros y antihéroes al estilo español y entre los cuales puede colarse en cualquier momento un personaje que parece haber escapado de las páginas de la revista El Víbora para apuntarse a esta fiesta del disparate. La chispa de la vida, justo es decirlo tras aludir a sus antecedentes cinematográficos, tiene también cierto aire visual siniestro que recuerda las pinturas negras de Goya.

Lo que en mi opinión hace el director con esta película es volver a un camino que domina, como demostró en La Comunidad, dándole otra vuelta de tuerca y acercándose hasta los límites de su propia visión personal e intransferible del esperpento español.

Pero dejando al margen todo esto, la película tiene el acierto de poner sobre la mesa, en mi opinión con una buena dosis de agallas y sin dulcificar el asunto en clave de farsa, el tema del paro y la facilidad con la que esta sociedad secuestrada por el miedo nacido del pretexto de la crisis está demoliendo las vidas de profesionales de todas las edades, pero muy especialmente de veteranos de probada eficacia que son echados a la cuneta laboral a golpe de ERE o similar después de años prestando solventes servicios a sus empresas. Conozco a varios compañeros en esa situación, puestos en la calle con 40 o 50 años con la única explicación de: “la crisis”.  El laconismo es algunas veces atroz. Estoy convencido de que en unos años alguien reparará en que si algo define estos tiempos que ahora vivimos es ese disparatado desperdicio de recursos y talentos en la época más productiva de muchos profesionales especializados. A la larga será un factor de empobrecimiento de muchas empresas cuyos directivos de contrato blindado se muestran hoy despreciablemente ufanos por prescindir de sus veteranos para apañar la plantilla ahorrándose cuatro duros que luego las más de las veces no irán a ningún sitio.  Algo hay de todo ello también en La chispa de la vida, que además no pacta con el espectador componendas poéticas de vía estrecha, discursos humanistas a contrapelo o finales complacientes.

No están los tiempos para tragar con más gilipolleces.

Miguel Juan Payán

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