Crítica de la película El equipo A

Nunca fui seguidor de la serie El equipo A pero creo que todos los que se confiesan incondicionales de la misma sabrán reconocer como una de sus principales virtudes el sentido del humor, que incluso devoraba a los momentos de acción, siempre tan criticados porque allí se disparaba mucho y no se mataba nada ni a nadie. El personal no seguía El Equipo A esperando ver una variante televisiva de Acorralado, Rambo, La presa de Walter Hill o las de Desaparecido en combate de Chuck Norris,  que más o menos por esas mismas fechas hacían furor en los cines. Lo que esperaban (esperábamos, que yo también la veía de vez en cuando, sobre todo la primera temporada y algunos capítulos de la última, cuando modificaron el guión y les metieron a currar en operaciones especiales) era ver la siguiente pirada de pinza de Murdock, el piloto loco, o cómo conseguirían meter a M.A. Baracus en el avión, o de qué manera Hannibal trazaría un plan de esos que siempre le gustaba que salieran bien, ayudado por el caradura de Fénix.

Quienes criticaban que allí se mataba poco deberían haber tenido en cuenta que sobre todo el asunto era una comedia de acción para toda la familia, y si dudaban bastaba con echarle un vistazo a la presentación, que no engañaba a nadie. En la misma aparecía George Peppard encarnando a Hannibal con su puro en la boca ¡y disfrazado de primo de Godzilla, como si de Mortadelo se tratara! ¡Y qué me dicen del guiño con Dirk Benedict, alias Fénix, a quien le pasaban por delante de las narices a un cylon de Galáctica, la serie que protagonizó interpretando al teniente Starbuck! ¡Y Dwight Schultz, alias Murdock, vestido de novia!

No cabía llamarse a engaño: todo aquello era coña limonera, cachondeo puro y duro moderado por las limitaciones de censura del medio televisivo en aquel momento, pero tan gamberro como era posible dadas tales circunstancias.

the-a-team

Lo que han hecho en la película de El equipo A es respetar ese espíritu de cachondeo y juerga y conseguir la que no dudo en calificar como una de las películas más entretenidas del verano. Ahora sólo cabe esperar que nadie se llame a engaño y se meta en la sala esperando ver una de Ingmar Bergman o Michelangelo Antonioni, y luego salga todo indignado del cine porque esta película tiene la osadía de ser nada menos que un vehículo de entretenimiento, en lugar de internarse en las más profundas y procelosas incógnitas del alma humana para revelarnos el verdadero sentido de la vida. Sería bastante absurdo, porque además como todo buen cinéfilo amigo de divertirse en el cine sabe, el verdadero sentido de la vida no está en los paseos sadomasocas por la angustia, sino en comedias como El guateque de Blake Edwards, cualquiera de los Hermanos Marx o la propia El sentido de la vida, de los Monty Phyton, por mucho que se empeñen en lo contrario los de la caverna intelectualoide.

Así pues, aclarando, que es gerundio: El equipo A, la película, es una comedia de acción con los mismos mimbres de aquella serie que tanta gente veía y algunos veíamos a ratos en la tele hace años, pero actualizada con argumento y personajes más cercanos a nuestros tiempos (Vietnam se ha convertido en Irak y la CIA y el ejército privado de  Blackwater son las nuevas amenazas). Es la hermana mayor de la serie de televisión, concebida argumentalmente en clave de precuela, y comparte con aquella la característica esencial que le proporcionó el éxito: la capacidad de sus protagonistas para meterse al espectador en el bolsillo consiguiendo que ya desde el principio estemos dispuestos a seguirles allá a donde vayan, hagan lo que hagan, por absurdo que parezca, y sin poner pegas o  montar una pataleta pretenciosa de tontosopas adicto a escucharse a sí mismo y subirse al púlpito pidiéndole peras al olmo. Habrá alguno que  exija aquí una tesina sobre el existencialismo o  un opúsculo sobre Jung versus Freud, pero si quieren profundizar en los recovecos de la naturaleza humana yo les recomendaría que mejor se abran un libro y hasta les paso el título de uno de bolsillo facilito y muy propicio para que se inicien en el asunto (que por algunas sandeces que escuché el otro día en la rueda de prensa de esta película a algunos tampoco les va a venir nada mal): Concepciones de la naturaleza humana. Una introducción histórica, de Roger Trigg, Alianza Editorial. ¡Hala, ahí tienen a Platón, Aristóteles, Santo Tomás de Aquino, Hobbes, Locke, Hume, Kant, Darwin, Marx, Nietzsche, Freud… y hasta Wittgenstein!

¡No me digan que no les mola mazo, como diría Camilo Sexto!

Aquí en El equipo A, como afirma la publicidad, no hay plan B, sólo nos proponen un rato de trepidante cachondeo y aventuras francamente poco creíbles, aunque no nos importa. Tenemos a Hannibal Smith, personaje que queda reforzado por Liam Neeson, como ocurre con el Fénix de Bradley Cooper, aunque lo de Sharlto Copley con Murdock frente a Dwight Schultz lo vamos a dejar en un empate técnico (con cierta ventaja para el segundo), y en lo referido a Baracus, ahí sí que gana la versión televisiva de Mr. T.

Señores, no nos pasemos de listos que luego hablamos de más y acabamos haciendo el ridículo. ¿Qué esperaban cuando les dijeron que iban a ver un largometraje de El equipo A? ¿Una reedición de Persona de Bergman? ¿El desierto rojo de Antonioni? ¿Una reedición anotada de las obras completas de Kierkegaard con prólogo de Unamuno? Es que, francamente, manda narices lo que tiene uno que oír y leer a veces.

Cada vez somos más bobos pretendiendo ser más listos.

zz2adae2c6top

El equipo A no engaña. No pretende ser lo que no es. Al contrario, es justo lo que se proponía: un rato de evasión con unas cuantas escenas espectaculares y un tonillo de optimismo juerguista en su argumento general. Vamos lo que viene siendo una especie de refresco en plan “tinto de verano” que se desenvuelve como un entretenimiento bastante digno. Siempre que uno tenga claro lo que va a ver, no aburre y merece estar entre lo más divertido que  vamos a ver en el cine este verano. Y su coherencia es tal que no cabe sino considerarla película muy conseguida en su género.

Insisto: en su género, en su liga, entre las que sacan lo mejor del concepto del blockbuster, como estreno veraniego, para pasar el rato con colegas y parientes… Ustedes ya me entienden.

Pero vamos, que si alguien quiere que se lo diga con música puede recordar la sintonía de la serie de televisión.

He escrito divertido porque me lo pasé como un crío viéndola, y porque me apuntaría sin dudar a otro viaje con estos cuatro pájaros.

Ahora bien, si alguien después de ver el tráiler y leer esto sigue pensando que le engañan porque no es un sesudo testimonio de la angustia humana o similar, le recomiendo que se lo haga mirar.

En mi opinión da lo que promete y a mí me merece la pena gastarme la pasta para echar de vez en cuando un rato entretenido en el cine sin comerme el coco, algo que lamentablemente no suele ocurrirme con todas las películas de acción que se vienen estrenando. Más bien al contrario. Por eso ésta, sin embargo, me dejó bastante satisfecho.

Más claro el agua.

Un aviso final: no se pierdan lo que viene detrás de los créditos aunque en el cine les enciendan las luces, porque es ahí donde están los cameos.

Y no digo más, que luego todo se sabe, aunque como despedida cariñosa a los aficionados a subirse al púlpito y pedirle peras al olmo, ahí les dejo una frase de Séneca: “A los que corren en un laberinto, su misma velocidad los confunde”.

Miguel Juan Payán

Compártelo en tu perfil de facebook Compartir

Crítica de la película Prince of Persia. Las arenas del tiempo

Prince of Persia, las arenas del tiempo es lo que podríamos denominar una revientataquillas muy completa y conseguida. Quiere esto decir que sus artífices cumplen sobradamente con las perspectivas generadas en torno al proyecto, y será raro que los aficionados a ir al cine a entretenerse y pasar un rato divertido se sientan defraudados por el espectáculo que se les ofrece.

Lo cierto es que mientras veía la película experimentaba la misma sensación de estar recuperando una parte de mi infancia que me asaltó cuando vi por primera vez La momia, La momia 2 o Piratas del Caribe, e incluso, para ser sincero, y a título exclusivamente personal, me lo pasé mejor viendo ésta que Piratas del Caribe, quizá porque es más descarada en sus planteamientos y en ningún momento intenta venderme otra cosa que lo que es: un producto para explotación masiva en todo el planeta, con escenas de acción trepidante, una intriga competente, personajes que rápidamente adoptas como espectador y a los que te apetece seguir viendo las sucesivas peripecias que te proponen los guionistas y paisajes y entornos de carácter legendario, que encajan tanto en una imagen actualizada a los usos, gustos y costumbres actuales de las típicas aventuras de las Mil y un noches rodadas en Hollywood en los años 40 y 50 como a las recreaciones de entornos propios del género de Espada y Brujería tan habituales en el mundo de los videojuegos.

No es que Dastan sea Conan, ni tampoco lo pretende, pero algunas de sus aventuras nos recuerdan los escritos de Robert E. Howard, y por lo que se refiere al videojuego, parece que en líneas generales la adaptación cinematográfica cumple bastante fielmente con las situaciones y personajes allí utilizados, si bien han cambiado algunos nombres y han realizado los pertinentes ajustes en la historia para facilitar su traslado a la pantalla grande.

De hecho, mirando el asunto desde la eficacia y calidad de su reparto (encabezado brillantemente por ese más que competente actor que es Jake Gyllenhaal, que se lleva metiendo al espectador en el bolsillo desde Donnie Darko y tras dar la campanada internacionalmente con Jarhead y Brokeback Mountain, se ha establecido como referente en su generación con Zodiac), y  valorándolo también por los medios de producción aplicados (de hecho una infraestructura de superproducción que recuerda el despliegue visual de Piratas del Caribe), cabe concluir que es una de las más competentes y serias adaptaciones de videojuego al cine que hemos conocido hasta el momento.

Todo lo anterior podría resumirse en dos ideas claves. Al cine la mayoría del personal va a disfrutar, a olvidarse de su vida cotidiana y pasar un rato entretenido entrando en la fábula. Bajo esa perspectiva, Prince of Persia es sin duda una película perfecta.  Ahora bien, si lo que vamos buscando es reflexionar sobre las tragedias cotidianas que tanto suben la audiencia de los informativos, o si buscamos refocilarnos en las miserias que  nos rodean por el mero hecho de ser humanos, recomiendo otra elección en la cartelera, porque esta película es un muy digno espectáculo de evasión, lo que por otra parte la hace interesante, ya que replica fórmulas que llevan aplicándose en el cine desde los tiempos de la etapa muda, cuando la primera gran estrella del cine de acción de Hollywood, Douglas Fairbanks, daba saltos por los decorados de El ladrón de Bagdad, Robin de los Bosques, Los tres mosqueteros, La marca del Zorro o El pirata negro. Sería absurdo y totalmente incongruente pedirle a este largometraje producido básicamente para entretener de manera digna y sin ofender al espectador que se ajustara a suscitar planteamientos de otro tipo. Ninguna película debería ser analizada lejos y al margen de sus objetivos primarios. Contemplada según dichos objetivos,  Prince of Persia es una buena película, en su terreno. Quiere esto decir que aplica la fórmula argumental y narrativa a la que se acoge con habilidad, astucia y gran solvencia, metiéndonos de lleno en el seno de sus intrigas palaciegas, sus trepidantes escenas de acción y su historia romántica, que por ejemplo al contrario de lo que pasaba con  Furia de titanes (me la ha recordado porque comparte con la misma su protagonista femenina, así que al comparación, si bien odiosa, viene al pelo), es suficientemente competente como para que nos la creamos, sin pensar demasiado en ella, como ocurre con todo el resto de lo que ocurre en la película.

No se trata en suma de hacernos pensar sobre nada, porque su objetivo es operar sobre el espectador del mismo modo que una montaña rusa. No en vano su productor, Jerry Bruckheimer, es entre otras cosas el principal valedor de lo que los críticos, han dado en llamar “cine de montaña rusa”. Yo prefiero calificar este tipo de películas como “cine de atracciones”, que es un término que me recuerda los primeros pasos de la historia del cine, aquella época en la que todo estaba todavía por descubrir, pero la norma esencial era deslumbrar al público con momentos fantásticos imposibles como los que proponía George Méliès con su Viaje a la Luna, pero también Giovanni Pastrone con su retroceso hasta los fastos de la antigüedad  de la guerra de Roma contra Cartago en Cabiria, o David Wark Griffith con Intolerancia.

Se trata aquí por tanto de recuperar una de las más dignas funciones del arte industrial que es el cine: divertir y entretener de forma competente y sin insultar la inteligencia del espectador.

Miguel Juan Payán

Luc Besson vuelve a facturar esa especie de subgénero raro que se ha inventado y que son las películas de género estilo Hollywood pero cocinadas a la francesa. Es lo que viene haciendo tanto en su faceta como productor como cuando decide situarse detrás de las cámaras. Aquí ejerce como guionista y productor y deja que se ocupe de la dirección uno de sus acólitos más capaces, Pierre Morel (realizador de Distrito 13, Venganza y próximamente la nueva versión de Dune anunciada para 2012). Y el resultado es entretenido.

Tras un arranque que por su ritmo pausado y por el hecho de tomarse su tiempo para presentar a uno de los protagonistas parecía ir a tirar por la vía del cine de espionaje con reminiscencias del que se facturaba en Hollywood en la interesante década de los setenta, Morel no tarda en poner las cartas sobre la mesa y entregarse al desarrollo de una serie de secuencias de acción inevitablemente vinculadas a la aparición del personaje de Travolta. Éste llega al asunto caracterizado con las pintas de una especie de Vin Diesel algo más talludito, más hortera y con los modos y maneras de Vincent Vega, el papel con el que Tarantino le sacó del olvido en Pulp Fiction. De hecho y por si alguien no lo pilla así por las buenas, incluso se permiten un chiste con la hamburguesa Royale con queso que la primera vez hace gracia pero la segunda, ya en el desenlace, no tanto (un consejo: por bueno que os parezca, nunca repitáis un chiste, es como hacer desandar camino a los personajes).

El  chiste de la Royale con queso  es bastante clarificador sobre cómo se construye la película, que no es otra cosa que un entretenido ejercicio de imitación del cine de acción estadounidense cocinado en las calles de la capital francesa por unos admiradores del cine de Tarantino y de las buddy movies. Inicialmente salen bien parados del intento pero en su empeño por tocar demasiados palos a la vez acaban bastante despistados y finalmente se entregan a una sucesión de secuencias de acción encadenadas sin demasiado orden ni concierto donde los personajes desaparecen para convertirse en marionetas.

Le ocurre tanto al personaje de Rhys Davies como al del propio Travolta, que no obstante es el que sujeta la historia, porque de no ser por sus salidas de tono y su chulería, el resto sería bastante monótono y previsible. Digamos que Travolta con su topicazo de personaje y con una caracterización que compite en lo más hortera que le hemos visto con el rastafari extraterrestre de Campo de batalla: la Tierra, es no obstante lo más entretenido de la película, mayormente porque se la pasa disparando contra alguien, soltando exabruptos y repartiendo cera limonera a todo el que se le pone por delante en una especie de sátira-homenaje (más homenaje que sátira, me temo) al héroe de acción estilo yanqui años 80 y 90, empeñado en salvar el mundo en plan Bruce Willis, Arnold Schwarzenegger… aunque para ser sincero creo que el estilo Steven Seagal le pilla más cerca que el de las criaturitas de Tarantino.

Vamos que la supuesta sorpresa sobre la verdadera identidad y función en la trama de algunos personajes no es en modo alguno tal sorpresa y al menos yo me la veía venir desde la primera escenita romántica (por cierto, bastante aburrida de puro tópica).

En las escenas de acción la cosa se anima y vuelven a aplicar la fórmula de Venganza, pero como dice mi colega, y sin embargo amigo, Jesús Usero, en ésa otra lo gracioso era ver al gran Liam Neeson ejerciendo de quebrantahuesos al estilo Steven “Stopa” Seagal, y en ésta otra es menos gracioso ver a Travolta ejerciendo como Vin Diesel pero igualmente nos conformamos porque al menos hasta que intentan resolver la trama y acaban empantanados en un huerto de intriga que claramente les supera, la cosa tenía su gracia.

Pero vamos que ver saltar a Travolta por los tejados de Frenético y pasearse a tortas por París como Jet Li en El beso del dragón, tiene cierta gracia, así que, como decían en el anuncio aquél de un célebre juego de mesa: “Aceptamos barco como animal de compañía”.

Eso sí, la persecución por carretera con el lanzacohetes en ristre les ha salido más tipo película chunga de acción de Eddie Murphy en sus peores tiempos, estilo El negociador (supongo que porque no tenían tanta pasta como para marcarse un clon de Morfeo  repartiendo leña en la segunda entrega de Matrix), y más que realista resulta algo pobreta de medios para lo que se supone que quiere conseguir. La falta de medios no cuela como intento de realismo, porque además a esas alturas y en una historieta tan pasada de vueltas, el realismo no pintaría absolutamente nada.

Y por supuesto la exhibición de pistolas en la última escena suena a duelo infantil para medirse la minga en los retretes del jardín de infancia.

Lo dicho: moderadamente entretenida, pero con un tramo final francamente torpe. Sus ambiciones de clonación de Tarantino se quedan en una de “Stopa” Seagal con más dinero de lo habitual y Travolta parodiando a Vin Diesel.

Miguel Juan Payán

Compártelo en tu perfil de facebook Compartir



Crítica de la película King Kong de Peter Jackson

El estreno, a principios de este 2010, de The Lovely Bones, la última película de Peter Jackson, me hizo caer en un detalle curioso, que se repitió en la gran mayoría de medios de comunicación que se hacían eco del estreno. King Kong, la anterior película del director, estrenada en todo el mundo el 14 de diciembre de 2005, no existía. En otras palabras, The Lovely Bones era el siguiente trabajo de Jackson tras su exitosa trilogía de El Señor de los Anillos, o al menos eso era lo que cualquier aficionado al cine poco espabilado podía concluir.

No hay que ser muy perspicaz para darse cuenta de los motivos de semejante indiferencia hacia aquella revisión de la mítica película de 1935 que Jackson abordó con desmedido entusiasmo. La película no gustó, no fue bien tratada por el público, y mucho menos por la crítica. El director neozelandés pasó de la gloria absoluta con su adaptación de los libros de Tolkien, a las críticas más severas con su Kong. Y, como en el anterior artículo del blog dedicado a Superman Returns, aquí estoy yo para llevar la contraria a tantas opiniones negativas. Porque, en mi opinión, el King Kong de Peter Jackson tampoco era tan malo...

Si Bryan Singer había apostado por ignorar absolutamente la tercera y cuarta películas sobre Superman, Jackson hizo lo propio respecto a aquel despropósito que el prolífico Dino de Laurentiis perpetró en los 70 con el simio gigante. John Gullermin, eficaz artesano, había dirigido en 1976 una versión horrible protagonizada por Jeff Bridges y Jessica Lange, que para colmo de males había tenido una infecta secuela diez años después. Jackson hizo hincapié en su intención de homenajear al Kong original, al de 1933, aquel que él había descubierto, como yo, en recordadas veladas televisivas cuando era niño, y que nos permitió otorgarle otro sentido al término “aventura”. Y es que el King Kong de Schoedak y Cooper era, sin duda, la aventura más grande jamás contada. Por eso  el proyecto de Peter Jackson despertó tanto interés desde que fue anunciado, y por eso, la decepción fue tan grande.

Han pasado casi cinco años del estreno, y vista hoy, resultan evidentes los motivos del descalabro. Pero ojo, que el Kong de Peter Jackson sí obtuvo beneficios, aunque todos sabemos ya cuál es la manera de proceder de los grandes estudios: no te gastas 200 millones de dólares para recaudar 550 (sólo 218 en territorio estadounidense). Semejante presupuesto requiere una taquilla mucho más basta, para que la película se considere rentable. Lo que ocurrió fue que la cinta se enfrentó a problemas que hubiesen sido fácilmente evitables, ya que provenían de la misma concepción del proyecto. Puede decirse que Peter Jackson murió de éxito, el que le había proporcionado su maravillosa trilogía de los anillos, venerada por todos, crítica y público. Aprovechó la descomunal repercusión de aquellas tres películas para darse un festín con su mito cinematográfico de la infancia, y, sencillamente, se pasó.

peter_jackson

Peter Jackson no era un director mediático antes de El Señor de los Anillos. Era un cineasta muy reconocido en los ámbitos del cine de género, el irreverente neozelandés que había divertido al personal con aquellas pequeñas películas gore a finales de los 80, y que había cambiado de rumbo con Criaturas Celestiales ya en los 90, justo antes de acogerse a los preceptos del sistema de grandes estudios con la divertida Agárrame Esos Fantasmas, un proyecto personal con el que Universal le acogió en su seno. Pero la película, protagonizada por Michael J. Fox, sólo gustó a los fans del Jackson de siempre, los mismos que habían disfrutado con Mal Gusto y Braindead. Peter Jackson no contaba con ningún taquillazo, era relativamente poco conocido, muy lejos, para entendernos, del nivel de popularidad de tipos como Spielberg, James Cameron o Tim Burton. Pero se le puso a tiro la obra de Tolkien, y lo bordó. Y de ahí, claro, a King Kong, el tipo de proyecto que Universal no pone en manos de cualquiera. En Hollywood vales lo que haya recaudado tu última película, y la última de Jackson (o mejor, las tres últimas) habían recaudado muchísimo…

Con semejante status, el director podría pedir lo que quisiera. Y no se quedó corto. Uno puede entender a priori el planteamiento: te dedicas a hacer películas, y una major pone en tus manos la posibilidad de hacer un remake de uno de los personajes más famosos e icónicos de la historia del cine, personaje que, por otra parte, forma parte de tu imaginario particular desde tu infancia, esa película que te sabes de memoria y con la que, muy probablemente, has descubierto el cine y por la que has decidido dedicar tu vida a este oficio. Como seguro haríamos cualquiera de nosotros, nuestra nueva versión sería grande, ambiciosa y excesiva. Y de eso pecó este King Kong.

El exceso llegó en dos aspectos fundamentales. El King Kong de 1933 duraba 100 minutos. Peter Jackson, y sus colaboradoras habituales en las tareas de guión, Fran Walsh y Philippa Boyens, escribieron un libreto que dio como resultado una película de 187 minutos. Más de tres horas para contar exactamente la misma historia. Es cierto que tampoco ayudaba la irregularidad narrativa, con momentos ágiles que se alternaban con otros algo plúmbeos, pero las aventuras en Isla Calavera requerían menos metraje que, por ejemplo, las películas de El Señor de los Anillos, que superaban también las tres horas, pero se debían al extensísimo material que adaptaban, que les permitía además, una importante fluidez narrativa. Es muy complicado que una película arrase en taquilla sobrepasando las tres horas. Si damos por hecho que Jackson buscaba jugar en la liga de las grandes, de las más rentables, habrá que convenir que se equivocó con semejante duración: Avatar duraba 162 minutos, la tercera entrega de Piratas del Caribe 151, El Caballero Oscuro 152, el primer Harry Potter 150, La Amenaza Fantasma 136…Son algunas de las películas más taquilleras de la historia del cine, muchas de ellas bastante más aburridas que King Kong, pero con el tirón que proporcionan las sagas populares. Y hay que tener en cuenta que la versión que finalmente pudimos ver en los cines no era la que Jackson tuvo en mente desde el principio, sino una recortada que tuvo que aceptar por exigencias del estudio. Efectivamente, el Kong de Peter Jackson era demasiado largo…

9545__opener_l

Y, como no podía ser de otro modo, la película estaba repleta de efectos visuales. Es probable que en los últimos años hayamos visto cintas con un número de planos virtuales parecido (la reciente Furia de Titanes es un claro ejemplo), pero yo, que voy al cine una media de cuatro veces por semana y veo todo tipo de cine, blockbusters incluídos, tuve la sensación viendo King Kong de que no había visto nada igual en mi vida: cada escena, cada plano tenía algún tipo de efecto visual. El abuso de la infografía fue, en mi opinión, un error clamoroso. Desde la primera parte de la película, en la que los ordenadores ayudaban a recrear la Nueva York de los años 30, hasta el grueso de la trama, en esa Isla Calavera rebosante de bichos mastodónticos. Todo era demasiado virtual, demasiado tecnológico. Nuestro querido Kong estaba hecho de forma sublime, le notábamos respirar, le notábamos sufrir y amar a Naomi Watts, pero esa perfección se convertía en abrumadora cuando le veíamos interactuar con los dinosaurios o con la tribu de la isla. Algo chirriaba, algo se “salía de madre”. Los 200 millones de presupuesto tenían que notarse en algo, y se notaba, sobre todo, en los abundantes efectos visuales. Eran buenos, pero eran demasiados…

1

Pero yo no puedo olvidarme del cásting, en mi opinión, uno de los más fallidos de los últimos tiempos. Y mira que el director había acertado de lleno en el amplio reparto de El Señor de los Anillos, pero aquí metió la pata. Uno no logra identificar a Jack Black con ese espíritu libre y aventurero que era Carl Denham en la película de 1933, en la que le puso cara y cuerpo Robert Armstrong. Tampoco Adrien Brody era el más adecuado para el papel de Jack Driscoll, un galán que a fin de cuentas pugnará con el simio por el amor de Anne, encarnada aquí por una Naomi Watts que cumplía sin más, pero que carecía del encanto de aquella intrépida Fay Wray. Individualmente no eran los más adecuados, y en conjunto tampoco lograban encandilar.

jack-black-king-kong-ful

Y vamos ya con lo bueno. El King Kong de Peter Jackson era una delicia, como comenté en mi artículo sobre Superman Returns, desde el punto de vista de la nostalgia y el homenaje a aquella maravilla de 1933. Si la versión del Hombre de Acero de Bryan Singer se deshacía en elogios y recuerdos a la película anterior, este Kong multiplicaba por mil el espíritu de Schoedak y Cooper. Se buscaba la AVENTURA, con mayúsculas, y por ello no se reparó ni en gastos ni en metros de celuloide. La película comenzaba como comienzan las grandes aventuras, con unos personajes sin oficio ni beneficio, de vidas vacías que embarcan en un viaje de desconocidas e inesperadas consecuencias. La primera hora de película era de una belleza memorable, con esa recreación de la ciudad de Nueva York justo después de la gran depresión, que parecía cebarse con los artistas, con los creadores, gentes como la actriz Anne o el guionista Jack. La llegada a Isla Calavera era también grandiosa, así como el descubrimiento del simio gigante. Después nos adentrábamos en un festival de imágenes generadas por ordenador, hasta un final emotivo, espectacular y sobrecogedor, con Kong en lo alto del Empire State. No tenía, claro, en encanto de la antigua, pero le rendía un sentido homenaje.

A mi me pasa algo curioso. Comprendo que es difícil mejorar un original, y menos uno con la grandeza de aquel King Kong de 1933. Todos tendemos a despreciar las nuevas versiones, los remakes de películas que amamos, porque consideramos que es imposible mejorarlas. Pero yo no puedo evitar emocionarme cuando veo estos lavados de cara de alguna de mis obras favoritas, aunque soy consciente de que empequeñecen en la comparación con las primeras. Evidentemente no me ocurrió con El Planeta de los Simios de Tim Burton, ni con la Psicosis de Gus Van Sant, pero cuando me ofrecen un poquito de entretenimiento mezclado con un venerable respeto al original, me ganan para su causa…

King Kong llegó a finales de 2005 nuevamente, pero no se quedó…Y estoy convencido de que tardaremos mucho tiempo en volver a verle en la gran pantalla. De hecho creo que nunca volveremos a verle. En los 70 más que un homenaje sufrió un insulto, y treinta años más tarde Peter Jackson le trató con cariño, con mimo, pero le atiborró de tecnología. Y Kong es un niño, tanto como lo éramos nosotros cuando le descubrimos, y no debe de ser mal criado. Las intenciones eran buenas, pero las expectativas no se cumplieron. Pero yo agradezco a Peter Jackson su intento por devolvernos a Isla Calavera, para vivir la aventura más grandiosa que el cine nos ha contado. Yo disfruté con este King Kong, por lo que tuvo de respetuoso y porque me hizo recordar que sólo el cine puede contarnos historias como ésta. Y qué vértigo pasé en lo alto del Empire State…

05kong1b_lg

Celda 211 ★★★★

Noviembre 11, 2009



Crítica de la película Celda 211

Recuerdo a Daniel Monzón a principios de los 90, cuando ejercía de crítico cinematográfico en el programa de cine de Televisión Española que ya por aquel entonces se llamaba, si no recuerdo mal, Días de Cine, junto al entrañable y desaparecido José Luís Guarner. Los dos analizaban una película de estreno, cada uno con un estilo ciertamente particular. Guarner, con la sabiduría y el lenguaje propios de quien llevaba toda una vida dedicada a la crítica cinematográfica, mirando con cierto desdén los estrenos más comerciales; Monzón, con el ímpetu de quien ha mamado cine de otra generación, con otra mirada más ingenua pero también más apasionada. En el año 2000 el crítico Monzón se convirtió en director, y ahora, en 2009 nos regala una película, la cuarta suya como cineasta, fundamental, imprescindible para nuestro cine, y que le convierte en uno de los nombres más importantes de nuestra pequeña industria cinematográfica.

Celda 211 es la película que quienes amamos el cine llevábamos tiempo deseando que se produjese en el cine de aquí. Y no por dar la razón a quienes desprecian a nuestro cine acusándole de repetitivo y de producir sólo comedias soeces o dramas guerra-civilistas, sino más bien por albergar la esperanza de que sea la primera de muchas, la que abra el fuego hacia un cine de género propio, más alla de Alex de la Iglesia o de los primeros trabajos de Amenábar. Que en Espña se produzca un drama carcelario como éste es un acontecimiento fundamental, más aún si se hace con la solvencia y rotundidad con la que Daniel Monzón la ha rodado o con la maestría de Luís Tosar protagonizándola, por nombrar sólo a las dos figuras más importantes de esta película, en la que todos, desde el director hasta el más secundario de los intérpretes, realizan un trabajo soberbio.

Pero todos recordaremos, siempre, A Mala Madre, esa bestia a la que ha dado forma un inmenso Luís Tosar. El actor gallego no ha hecho otra cosa que recibir agradecido el enorme regalo que Monzón le ha hecho con este papel. Pero ojo, que lejos de dar por hecho que simplemente Tosar ha puesto rostro y cuerpo a un personaje bien escrito y definido, hay que destacar cómo lo ha trabajado, modulando su voz y haciendo un uso superlativo de ese regalo que sin duda supone el poder encarnar a un villano que permanecerá para siempre en nuestra memoria cinéfila. Cada mirada, cada movimiento, cada puñalada, cada sonrisa de Tosar como Mala Madre nos invitan a pensar que estamos ante uno de los mejores actores de nuestro cine, alguien que ya llevaba tiempo demostrando su capacidad y que con este personaje alcanza la cima absoluta de nuestro minúsculo star system.

Celda211-

Y a partir de semejanre creación, todo es un poco más fácil. En Celda 211 disfrutamos de todos los tópicos del género carcelario, adaptados a la idiosincrasia de nuestra realidad. Tenemos al líder absoluto rrpresentado en Mala Madre; al segundón que se cela por los galones que va adquiriendo Juán Oliver, más conocido como Calzones (estupendo Alberto Ammann); al clan sudamericano liderado por Apache, a quien pone rostro un gran Carlos Bardem; al grupo etarra, clave en el desarrollo de la trama; a los funcionarios cabrones (nueva lección de Antonio Resines) y al drama de quien nada puede hacer cuando la persona a la que ama se ve envuelta en todo lo que ocurre en la prisión. Todo ello aderezado con una intriga perfecta, lógica y bien construída, basada en un cine de topos e infiltrados inusual en nuestro cine.

Todo ocurre rápido, todo fluye a velocidad de crucero, la misma con la que Daniel Monzón, con su cuarta película, ha logrado madurar como cineasta y, sobre todo, como guionista. Se perdió a un crítico estupendo, pero el cine español salió ganando sin duda, ya que cuenta entre sus directores con alguien que sabe qué necesita nuestra industria y qué quiere ver el público de aquí. Y a ese público le regala una cinta extraordinaria, que además, y como no podía ser de otra manera, está recibiendo críticas halagadoras.

 

2009-09-04_IMG_2009-09-04_21_56_01_correo_20090904_183311_1_28_1[1]

Luís Tosar acaparará elogios, todos ellos más que merecidos, pero que nadie se olvide de Daniel Monzón. Yo aprovecho para recomendar su segunda película, aquella locura disparatada titulada El Robo Más Grande Jamás Contado, una comedia de suspense divertidísima con unos impagables Antonio Resines y Javier Manquiña, que pasó desapercibida en su momento y que conviene rescatar ahora, aprovechando el enorme éxito que seguro tendrá esta Celda 211. A ver si todo el mundo las ve, una en su casita, la otra en el cine, para que, ya puestos, más de uno cambie su concepción respecto al cine español. Y mientras tanto que Monzón vaya haciendo sitio en su casa a los Goya que se va a llevar...

 

 

Crítica de la película MILLENNIUM 1: Los hombres que no amaban a las mujeres

Se puede decir más alto, pero no más claro: Millenium 1. Los hombres que no amaban a las mujeres es una de las mejores películas que he visto este año, así que he querido aprovechar este espacio de la página web de la revista para anticiparme a su estreno el próximo 29 de mayo y recomendarla. Es buen cine policíaco. Con momentos particularmente escabrosos y duros, cierto, pero incuestionablemente buen cine.

No obstante reconozco que una parte importante de la satisfacción que me ha proporcionado la película tiene que ver con lo relativamente fácil que me ha resultado traducir su esquema narrativo y ver los trucos aplicados por su autor para contar una historia que por otra parte en lo esencial es notablemente menos nueva y original de lo que algunos de sus seducidos seguidores pretenden. De ahí que al salir del pase haya experimentado también la sensación agridulce de haber visto una muy buena película… pero con un argumento del que me ha impresionado su fría eficacia en la replicación de precedentes ilustres. Casi parece un producto de laboratorio narrativo. Producto de primera calidad, cierto, pero escrito con el frío tacto de un bisturí abriéndose paso, intrépido y sagaz, por las vísceras de la narrativa policíaca de toda la vida para aplicarle a algunas de las características esenciales del género una operación de cirugía estética llamada a actualizarlas.

            En lo cinematográfico le doy un nueve sin problemas, pero las claves de su esquema narrativo la convierten en un puzzle muy curioso que precisamente por esa condición de fábula-máquina construida desde la recopilación de referencias previas me ha recordado en algún momento a Cliente muerto no paga (Carl Reiner, 1982), divertido festival de citas de los clásicos del cine negro. Ojo, no se confundan, que luego hay quien lee estos comentarios demasiado rápido y se hace un lío. No estoy diciendo que sean iguales, ni mucho menos. Cliente muerto no paga era una comedia construida a modo de monstruo de Frankenstein del cine negro sobre momentos clásicos del mismo, en definitiva un inofensivo juego de montaje llamado a servir como bufé libre para cinéfilos recuperando el celuloide de otras décadas.  Por el contrario Los hombres que no amaban a las mujeres es una trágica historia de venganza disfrazada como fábula de redención que contiene algunos momentos realmente duros capaces de otorgarle tintes de pesadilla. Lo que me ha hecho recordar a la primera cuando veía la segunda es precisamente esa cualidad compartida de ser un puzzle de lo que las precede en el género donde se desenvuelven.

            Los hombres que no amaban a las mujeres es una historia-puzzle porque contiene dentro de sí varias tramas. En todo lo referido a la investigación llevada a cabo por su protagonista masculino en el seno de una poderosa y adinerada familia con pasado oscuro nos encontramos numerosos momentos que remiten a las novelas whodunit (¿quién lo hizo?), estilo Agatha Christie. Incluso asistiremos al doble final de ese caso, al juego estilo Cluedo con varios culpables, y al tradicional momento en el que se reúnen todos los sospechosos. Pero esa faceta parece haberle parecido poco al gestor de la trama de cara a  servir como anzuelo para un público actual, o en todo caso ha querido renovarla practicando su hibridación con una trama policial que bebe también a ratos del hard-boiled protagonizado por el típico detective duro y no obstante maltratado por la vida, a caballo entre el mundo del crimen y el mundo de la ley y que inevitablemente es también maltratado físicamente a lo largo de la acción, atendiendo a una cierta vena masoquista del hard-boiled representada por brutales palizas. En la etapa clásica del cine negro americano este violento tratamiento aplicado al protagonista tenía entre sus objetivos mostrar una nueva vulnerabilidad de los héroes masculinos, espejo del hombre anímicamente semiderruido que las hazañas bélicas habían devuelto a casa desde los distintos frentes de la Segunda Guerra Mundial convertido en un despojo de sí mismo. Alan Ladd en La llave de cristal (1942), Dick Powell en Historia de un detective (1944),  Robert Mitchum en Adiós, muñeca (1975), Jack Nicholson con la nariz rajada por la navaja que empuña Roman Polanski en Chinatown (1974) o Harrison Ford recibiendo una paliza de Rutger Hauer en Blade Runner (1982) son excelentes ejemplos de esta tradición a la que también se apuntan los protagonistas de Los hombres que no amaban a las mujeres, película que además retoma con astucia otra característica esencial del cine negro clásico: el inevitable retorno del pasado.

            Es esta hibridación entre lo que podríamos llamar el estilo Agatha Christie (adornado con cierto eco melodramático asilado en un grupo familiar en conflicto que  explota la siempre eficaz fórmula de: los ricos también lloran, también matan, también delinquen, etcétera…) con  las formas y arrebatos de lo que podríamos calificar como el estilo Dashiell Hammett, la que en esta película  da paso a lo que en mi opinión son sus mayores aciertos: la bicefalia protagónica que forman el periodista Mikael Blomkvist y la hacker Lisbeth Salander, siendo a su vez ésta última un híbrido de la tradicional mujer fatal del cine negro con el detective maltratado, todo en una, por un camino en el que también aparecen ocasionalmente ecos de Fuego en el cuerpo (Lawrence Kasdan, 1981) y Seven (David Fincher, 1995).

           

Página 9 de 9