Saw VII *

20 Feb 2011

Anunciada como El Capítulo Final, la saga Saw concluye con su séptima entrega en 3D, como no podía ser de otra manera, y lo hace consiguiendo el más difícil todavía, ser peor película que las seis entregas anteriores juntas, acumulando errores de bulto y dejando al espectador con cara de que le han tomado el pelo. Eso sí, en 3D. Y lo de capítulo final, pues bueno, ya sabemos cómo funcionan las sagas de terror en Estados Unidos. Depende de las ganas de los productores y demás involucrados por seguir llenando la saca. Siempre hay tiempo para una octava entrega. O para un remake.

Tras siete películas es muy difícil mantener el interés por parte del público como para lograr que nos sigamos sumando a la fiesta. Hay que ser muy buenos, relanzar el invento con un grupo de gente inteligente y preparada, o tirar por el camino fácil y dedicarse a hacer 3D (un invento que las sagas de terror ya empleaban en los 80 para revitalizar las sagas) y meter más tripas y sangre. Como fan reconocido del gore que soy, no me preocupa lo de las tripas, la verdad, siempre que se use con inteligencia. Y el 3D suele sentarle bien al cine de terror.

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Suele sentarle bien si la gente que se encuentra detrás de las cámaras tiene claro el absurdo final de su propuesta, el hecho de que se trabaja en un guión desustanciado y ridículo, la nula capacidad de sorprender tras seis películas anteriores, la pérdida de interés por parte de una audiencia cansada de ver lo mismo… y optan por el camino de la comedia gamberra. De hacer reír al espectador a base de sangre de mentira y tripas de látex. Cuando hace unos días mi compañero, y pese a todo buen amigo, Miguel Juan Payán y un servidor, perpetrábamos uno de nuestros debates, el del 3D, hablábamos de una película de terror que empleaba el 3D con un sentido del humor arrollador y simpático, tomándose muy poco en serio a sí misma. Y eso la hacía funcionar. Era cine entretenido. En Saw tienen esa puñetera manía de tomarse demasiado en serio a sí mismos.

Las sagas de terror se alargan demasiado en el tiempo como para que podamos tomárnoslas en serio. Si Saw fue un entretenimiento sin más vueltas que darle, con una simpática puesta en escena y un curioso juego perverso entre el villano y el resto del mundo, las siguientes películas empezaron a darle mayor protagonismo al villano, al Jigsaw interpretado por Tobin Bell, incluso más allá de la muerte, dejando claro que lo que interesaba no era componer un universo coherente, sino sorprender al espectador de la forma más impactante posible (el final de la segunda entrega lo conseguía), sin importar lo que dejase por el camino. Ni que la historia fuese mínimamente inteligente.

Y en ese camino cuesta abajo, Saw VII se ha dado de bruces contra el suelo, con una historia que borda el absurdo pero nunca con humor. Con el efectismo más barato que se pueda encontrar en el mercado, con el 3D peor aprovechado que he visto en mucho tiempo, con el gore más triste y mal hecho de toda la saga (el presupuesto se les iría en el 3D), con unos personajes que no se sostienen ni sujetos a un armario, y con unos errores de guión que hasta un niño de cinco años vería. De hecho, la gente que sale de ver la película suele hacerlo con cara de mosqueo y atacando la película debido a esas lagunas (qué lagunas, mares, señores, mares), que hacen derrumbarse toda la película.

La escena en la supuesta comisaría de policía, provoca carcajadas. Comisaría central de policía. La suponemos llena de gente, ¿verdad? No, cuatro gatos, nadie armado, nadie oye nada, todo vacío y con un parecido demasiado grande a los escenarios donde Jigsaw comete los asesinatos. Si descontamos, por supuesto, que la policía es estúpida y no es capaz de hacer absolutamente nada por sí misma. Un asesino que emplea maquinaria pesada, motores… ¿Nadie se pregunta de dónde saca todo eso? ¿Cómo lo mueve? ¿A dónde? No, nadie lo hace. Es más, el asesino es capaz de crear una escena donde el público de la calle pueda ver el asesinato en un escaparate y nadie vio nada de la preparación. Nadie oyó nada… Ninguna cámara de seguridad, de tráfico… Nada de nada… en plena calle.

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Si nos saltamos que no pueden quedar tantos locales vacíos en toda la ciudad, ni naves abandonadas, ni cuartos oscuros, el resto acaba siendo lo mismo de siempre. No hay policía más mema, ni asesino más listo. Por no hablar de esas víctimas tan tontas como el propio asesino, que no son capaces de pensar que con un tablón de madera, podemos tirar los cables eléctricos. Mucho mejor hacerlo a mano suelta. Faltaría más.

Además se nota la falta de presupuesto en el gore, lo que nos deja un puñado de escenas en las que nos damos cuenta de que lo que está siendo desmembrado o destrozado es un muñeco. Un maniquí barato y relleno. Donde la sangre parece muchas veces, si no todas, sirope de fresa y toma un tono rosa que te deja perplejo. Y donde los cuerpos que quedan por el camino tienen un tono brillante en la piel demasiado similar al plástico. Un despropósito.

Las apariciones de actores como Sean Patrick Flannery o Cary Elwes se convierten en meras anécdotas, y sólo algunas muertes, por lo curiosas, consiguen arrancarnos del tedio más absoluto. Una hora y media en la que uno siente que ha tirado el tiempo a la basura, y donde ni siquiera el gore de las escenas más truculentas, es capaz de sacarnos del estado de letargo en el que nos encontramos. Si al menos dejasen de tomarse en serio y se hiciesen simpáticos… Pero ni eso. La peor tortura de Saw, por desgracia, es ver la película.

Jesús Usero

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