Los Mercenarios es una de las películas más peculiares de este año, sin lugar a dudas. No sólo porque sea una producción atípica, que ya lo explico algo más adelante, sino porque es un regreso a un tipo de cine que hace cosa de 25 años arrasaba en la taquilla y que hoy en día es poco más que parte de la memoria histórica cinematográfica. El cine de los héroes de acción tipo Stallone, Chuck Norris o Steven Seagal. Tipos duros, violentos, sujetos a un estricto código ético y resueltos a enfrentarse a un ejército entero ellos solitos sin recibir apenas un rasguño.

Películas como Acorralado, Invasión USA, Comando, Duro de Matar, Desaparecido en Combate, Cobra... Todas ellas pertenecen a los gloriosos años dorados de un subgénero que vivió su momento de gloria desde finales de los años setenta a finales de los ochenta, cuando La Jungla de Cristal y Arma Letal irrumpían en la taquilla con un nuevo tipo de héroe de acción más cotidiano y de andar por casa, más humorístico y que sangraba más a menudo e incluso podía morir. Algo que a Stallone (excepto quizá en Acorralado) nunca se le pasaría por la cabeza.

Por supuesto que es Stallone quien trae de vuelta a ese tipo de héroe duro, experto en matar de mil maneras distintas, prácticamente invencible sin importar el número de enemigos o su potencia de fuego... Vamos, realismo en estado puro. Evidentemente la gracia del invento está en no tomarse nada ni a nadie en serio, y Stallone y sus mercenarios (aunque me gusta bastante más su título original, The Expendables, Los Prescindibles) se dedican al asunto con un sentido del humor y una profesionalidad envidiables.

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Hay un momento de la cinta en el que todo este teorema sobre el cine de acción de los ochenta es expuesto y se revela al espectador con un más que fantástico sentido del humor. Por supuesto se trata de la escena entre tres de los iconos de ese cine, Bruce Willis(quizá el hombre que acabó con el género), Schwarzenegger y el propio Stallone, en una iglesia. Las continuas bromas, referencias y puñales que se lanzan entre los tres sirven no sólo para hacer reír al espectador a carcajadas, sino para desmitificar ese tipo de cine y dar a la cita el tono perfecto. Y funciona a las mil maravillas, como el resto de la película.

Desde los primeros dos minutos, cuando Dolph Lundgren abre fuego sin previo aviso, partiendo en dos, literalmente, a un enemigo, la cinta se convierte en una sucesión de chistes autoparódicos (la calva De Jason Statham, la altura de Jet Li, lo acabado que está Lundgren, el aspecto de Stallone, lo grillado que anda Mickey Rourke...) y escenas de acción muy bien rodadas por el director, guionista y actor, y perfectamente llevadas a cabo por sus protagonistas.

Esa es otra de las virtudes de la cinta. Sus protagonistas. Un grupo de rostros populares que se embarcan en un proyecto que bien podía haber protagonizado cada uno de ellos con un grupo de desconocidos en una producción directa a video (quizá en el caso de Li o Statham estrenada en cines), pero que juntos suponen una gran mezcla de viejas glorias y nuevas estrellas haciendo lo que se supone que este tipo de películas tienen que hacer. Que el espectador se lo pase en grande y punto.

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Como decíamos al principio, no sólo supone Los Mercenarios una película más propia de los ochenta por el género que trata, sino que es una de las películas más atípicas del año por cómo refleja la violencia. En el universo light y de buen rollito en el que vivimos, donde los malos son neutros y con grises por todas partes en su manera de actuar, los muertos se mueren poco y con ninguna sangre, y las mujeres son de armas tomar (este último punto no es nada malo en absoluto, se aprecia muchísimo que la mujer tome un papel relevante en el cine de acción), Los Mercenarios nos lleva al otro polo, ese que ya casi nunca se ve.

Creo que deberíamos revisar de nuevo la última entrega de Rambo para encontrarnos un gran estreno con tanta cantidad de sangre, vísceras, violencia e incorrección política por metro de celuloide. Las tripas salpican la pantalla, las cabezas explotan y las extremidades vuelan por la pantalla. Los malos son muy, muy malos y sólo se les conoce por sus atrocidades, y las mujeres son meros floreros de enorme belleza a los que hay que liberar del infierno. Si pueden ver la versión original, ojo a los villanos hablando un horroroso castellano en su mayoría, algo que parece que está hecho a propósito y que sigue la línea de incorrección política que mencionábamos (¿a quién le importa respetar un idioma que no sea el propio?).

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Y quien no esté dispuesto a aceptar esas reglas del juego, que busque otra sala y otra película. Esto es cine lleno de testosterona y punto.

A cambio la película ofrece algunas de las escenas de acción rodadas con mayor solvencia y elegancia narrativa del año. La pelea en la cancha de baloncesto, la persecución en las calles de la isla, el excelente tiroteo final... Todo ello consigue que disfrutemos de Los Mercenarios como lo que es, y nada más. Cine de acción ultraviolento con el guión justo para llevarnos de una secuencia de acción a otra. Pero, a fin de cuentas, tan exagerado, previsible e hipertrofiado (grandes músculos, grandes armas, grandes explosiones...), que resulta inofensivo.

Claro que podían haberse mejorado muchas cosas. Pequeños detalles. Como ese guión que Stallone dice haber reescrito 100 veces pero que más parece que se fusiló en un puente aéreo, esos personajes de cartón piedra, esa historia absurda... Pero, claro, entonces ya no serían Los Mercenarios de Stallone. Sería otra cosa. Y no tendría el mayor número de cadáveres de todo el verano.

Un consejo. Dejen los prejuicios en casa. Vayan a verla. Disfrútenla.

 

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